L. Tamaral, escritor incatalogable

A lo largo de nuestra vida vamos incluyendo poco a poco en nuestro acervo personal lecturas y autores nuevos, escritores que van surgiendo poco a poco en nuestro camino. Se nos colocan delante y se transforman en luz que nos guía y que nos atrapa irremisiblemente. Pronto, inmediatamente después de conocer alguna de sus obras, quizá de manera inconsciente, tendemos a colocarlos dentro de alguno de nuestros personales casilleros literarios. Estamos convencidos, puede que erróneamente, que siempre supone una buena ayuda para situarnos el que todo esté colocado en su sitio, con un orden inmaculado y generalmente ya establecido por otros. Pensamos que todo debe permanecer clasificado por épocas y tendencias, por estilos y modismos, por grupos y generaciones. Si no lo hacemos así, nos da la sensación de que algo no funciona bien. Sin embargo, en ocasiones ocurren imprevistos. Unos datos únicamente hilvanados sobre la vida y la obra de un escritor nos zarandea de manera inexplicable. Es alguien que ha aparecido ante nosotros y con quien no contábamos. Intentamos ubicarlo en cualquiera de nuestros casilleros y nos damos cuenta de que no cuadra en ninguno. Ese es el caso del escritor y articulista peruano L. Tamaral, cuya azarosa vida fue ya en sí misma una obra de arte. Su larga estancia en este mundo fue tal vez más apasionante que su propia obra creativa. Su existencia, hasta su desaparición en el sentido más literal de la palabra, siempre estuvo alimentada por su propia coherencia, por un inconmesurable sentido de la libertad y por el seguimiento siempre de un pensamiento ácrata, a pesar de las consecuencias que esa actitud le acarrearía en muchas ocasiones a lo largo de su dilatada vida de agnóstico y bohemio.
Poco se conoce de él y menos aún de su obra, casi imposible de agrupar en su totalidad; sin embargo, el material con que se cuenta hasta ahora es suficiente para crear un perfil más o menos acertado, tanto de su interesante personalidad como de su agudeza literaria. Incluso se ha llegado a acuñar el término lingüístico “tamaralia” para definir una “colección de poemas sentenciosos o satíricos de poco valor al estilo del poeta peruano L. Tamaral”.
La heterodoxia y la lucidez que demostró en vida se pone de manifiesto en los múltiples aforismos que aparecen más abajo y que ha sabido recoger con acierto el también escritor peruano, afincado en Sevilla desde hace años, Leopoldo de Trazegnies, quien, pacientemente, continúa uniendo pieza a pieza el apasionante puzzle que conforma la vida y la obra de L. Tamaral.

AFORISMOS ATRIBUIDOS A L. TAMARAL

Así en la literatura como en el sexo, líbranos Señor de todo mal. Amén.

Escribo aforismos y no textos largos por cortesía hacia el lector.

El placer de definir inaugurado por Adán perdura en nuestros días.

Cuando parcelaron el Edén y construyeron encima bonitos chalets, tuvieron que echar de los jardines a Adán y Eva porque se comían las manzanas de los árboles de los vecinos. A nuestros primeros abuelos desterrados no les quedó más alternativa que ganarse el sustento con sus manos: readmitidos como jardineros. Desde entonces, el derecho a la vida reposa en el derecho al trabajo.

La alarmante falta de sentido del humor de don Quijote, propia de todo buen loco, hace que sus actitudes muevan a risa.

La existencia de la locura me hace dudar de que exista el espíritu, a no ser que sea una enfermedad de fantasmas.

Me gustaría que me tradujeran porque así tendría la oportunidad de ver mis textos mejorados.

Mientras los ricos compiten por el petróleo, los pobres luchan por el agua.

Prefiero hombres libres y economías esclavas, que mercados libres y trabajadores esclavos.

Excepto con el dinero, las carencias nos enriquecen.

Cuanto más conozco a los demás, más deseo quererme a mí mismo.

Hay cosas que no admiten otra mirada (que la cínica).

La civilización del secretismo se caracteriza porque todos somos judíos con algo que ocultar. Lo peor es la terrible facilidad hispánica para pasar de perseguido a inquisidor.

En los países que tienen la mayoría de la población indígena en la indigencia es indecente defender ideas liberales.

Los pesimistas no podríamos resistir si no fuéramos tan optimistas.

No hay nada más triste que la “z” de tristeza.

La memoria ya sólo me alcanza para saber en qué libro, en qué estantería de la mente, se encuentra lo que busco.

Hace tiempo que no leo autores cuyo apellido empieza a partir de la letra S, debido a que suelen estar en las estanterías más bajas de las bibliotecas y mi espalda se resiste a agacharse. Por eso no leo a Shakespeare.

A veces uno se siente tan desesperanzado como si estuviera esperando el autobús en medio del desierto.

En literatura hay también dos Españas, la culteranista de Góngora y la auténtica de Quevedo.

La gran paradoja: si tienes amor, nada más te hace falta, pero si no lo tienes, todo lo que poseas te sobra.

Los que escribimos somos grandes mentirosos, pero siempre con la sinceridad por delante.

Uno puede ser siempre el tercero en discordia, pero no perder la esperanza de llegar algún día el primero.

La verdadera soledad es la que no se puede dejar de compartir.

Sólo las olas nos devuelven las imágenes perdidas, el horizonte nada sabe de nuestras profundidades.

La vida consiste en la minuciosa preparación de nuestro suicidio.

La vida es un viaje en un vagón desenganchado, viendo cómo se aleja el paisaje vertiginosamente.

La edad adulta empieza cuando se deja de imitar a los demás.

La melancolía es el recuerdo de la pasión perdida.

La naturaleza nos muestra su pacífico verde y esconde el rojo sangre para no herirnos.

La arquitectura, como el cuerpo humano, depende de sus moradores: si una casa está habitada por una persona seductora es un edificio hermoso.

Amo, luego existo. Tengo pasiones, luego soy mortal.

Tolerancia es lo que practica el más fuerte en las pausas entre dos agresiones a los más débiles.

La soledad es buena compañera, cuando es la única.

Cuando se es rico es fácil reírse de los demás, cuando se es pobre es fácil reírse de uno mismo.

No quisiera ser inmortal para no perderme lo que haya después de la muerte.

En contra de lo que pudieran opinar los clásicos no siempre el deseo de perfección se acerca a la belleza; he encontrado más belleza en los burdeles que en las iglesias.

El hombre es un simulacro de actor, su drama consiste en no saber a qué personaje representa.

Nadie es tan joven como para poder asegurar que al día siguiente continuará vivo.

Los lapones tienen doscientas voces para describir el color blanco. Yo busco el pueblo que tenga el mismo número de vocablos para matizar el amor.

Hay gente que pasa por la vida como si fuera en avión.

Todo lo que he escrito está basado en malentendidos; y lo que he pensado, en la sorpresa.

La dignidad es soportarse a uno mismo sin ayuda de nadie.

El hombre tiene una sola edad que escoge libremente, para usarla el resto de su vida.

Lo ideal sería llegar a morirse sano.

Las catástrofes y las guerras son una desgracia para los pobres, y el mejor negocio para los ricos.

Si Dios existe es espantosamente cruel y no merece ser adorado.

De todos los dioses del Olimpo, el cristianismo ha escogido al más cruel y vengativo.

Los limeños arrastramos la neblina como los niños un juguete transparente.

AFORISMOS MISOGINOS

Afortunadamente las putas nos resarcen de las putadas que nos hacen las mujeres decentes.

Hay mujeres que piensan que hacer el amor es dejar que una apisonadora les pase por encima.

Existen honestas profesionales del sexo y deshonestas profesionales del amor.

Las monjas y las prostitutas son las únicas mujeres capaces de hacer ese acto heroico que consiste en renunciar al amor individual.

Las mujeres y la madera de teka tienen la misma dureza, aunque la teka es más transparente.

En el amor, todo lo que los hombres tienen de irresponsables las mujeres lo tienen de calculadoras.

La única manera de soportar a una mujer es amándola.

El enamoramiento es un estado de ofuscación que nos impide ver que la mujer amada es exactamente igual a todas las demás.

¿Es el amor una fuga incontrolable de vanidad?

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