Una reivindicación familiar, en el contexto del “Pago de Chile” (A la memoria de mi padre)

La historia que narraré es parte de las conversaciones que sostuve desde mi adolescencia con mi padre Luis Eduardo Henriquez Orellana y sus hermanas Berta y Zunilda, hasta la muerte de ellos ocurridas ya hace más de una década y que en alguna manera se corresponde con los principios y valores que heredé del abuelo por medio de las enseñanzas informales recibidas en mi hogar a través de sus hijas y de mi padre y, al mismo tiempo con lo que en mi patria se conoce en la cultura popular como “El pago de Chile”.
Todo comienza por los finales del siglo XIX, 1885 para ser más precisos, cuando el abuelo, Fernando Henríquez Muñoz, fue designado profesor de una escuela primaria en Collipulli en la zona de la Araucanía, lugar que recientemente había pasado a ser parte de la soberanía del país y en el momento que ya era educador primario en la ciudad de Victoria, atendiendo el hecho de su desempeño a esos momentos y a su condición bilingüe, español, mapudungun.
Mi abuelo, a los ojos de su hija Berta, una mujer que vivió 95 años de soltería y dedicada con toda su alma a la educación de los niños de Chile, era un hombre muy reservado, de buenos modales, y de una inteligencia sobresaliente, de aspecto físico más bien bajo, 1,60 m. de altura, de contextura gruesa, de tez blanca, pelo castaño y provisto de una personalidad que le permitía ganarse a sus interlocutores, pero con un carácter muy fuerte al momento de las decisiones, cualidades que yo mismo vi heredados en ella.
Al momento de su designación, se encontraba casado con Benilde Orellana Quijada, mujer menuda y muy trabajadora en las labores de casa, que le hacía compartir un hogar a ese momento sin hijos, pero con la compañía de la hermana menor de ella, tía Chane, apelativo cariñoso con el que se la conocía en la familia, a esa fecha de 5 años, a quién habían decidido criar por la ausencia de sus padres ya fallecidos y quién por el modelo del abuelo, también llegó a ser educadora primaria en distintas localidades del país, culminando su carrera también como directora de escuela.
En la condición de profesor de esa escuela pasó alrededor de quince años enseñando con verdadera pasión a los niños chilenos y mapuches de ese lugar y dedicándose a la lectura y al cultivo de la matemática en sus ratos libres, profesión y aficiones que no sólo heredaron sus hijos, sino que también sus únicos nietos, mis hermanos, en que dos de ellos, Fernando y Luis, teniendo desde niños aficiones por la lectura, escogieron profesiones (Geología e Ingeniería de Minas), en que la matemática es una herramienta útil y poderosa, pero en vez de dedicarse al ejercicio de ellas, se volcaron a sus enseñanzas en el ámbito universitario o, el otro hermano, Manuel, que eligió la Educación (Profesor de Psicología y Filosofía) y que también laboró en la Enseñanza universitaria, quien tempranamente incursionó en la literatura ganando un par de premios a nivel escolar en el área de cuentos, lo que lamentablemente dejó de lado por razones que no es el caso comentar aquí, o como en mi propio caso, que también escogí la Educación (Profesor de Matemáticas), haciendo de esta profesión y de la literatura pasiones que me han acompañado prácticamente toda la vida.
Me imagino que la vida del abuelo transcurrió tranquila en esos apartados lugares, en que además de sus aficiones, de tanto en tanto debía dialogar con los lugareños chilenos y mapuches, para poder vivir mejor su soledad y aislamiento de la ciudad; hasta que un día, un agricultor de la zona de Curacautín, hombre de muchos contactos y relaciones con los gobernantes de esa época, en un viaje a esa ciudad lo conoció y supo de su labor en esos lugares. De inmediato y por la carencia de escuela primaria en la zona en que vivía, en la que también existían las mismas condiciones, es decir niños chilenos y mapuches, le preguntó si estaría dispuesto a ir a enseñarle a los niños de Curacautín, su tierra, zona de grandes bosques de araucarias y lugar casi fronterizo con la Argentina, a 90 Km. de Temuco, principal urbe en aquellos tiempos y prácticamente aislada de ella. Él por lo que ello significaba para su carrera académica le respondió afirmativamente. Este agricultor de inmediato escribió solicitándole a un primo que en esos momentos era parte del gobierno, hiciera las gestiones para que se creara una escuela en su localidad, lo que por dicha gestión llegó a buen término, creándose la primera escuela de esa localidad, bajo el Decreto Nº 562 con fecha 26 de Febrero de 1900, del aquel entonces Ministerio de Instrucción Pública de Chile.
En esos tiempos en Chile, país que extendía sus dominios, cuando el Gobierno a través del Ministerio de Educación creaba una escuela, al mismo tiempo de construirla, otorgaba terrenos para poder cultivarlos a quien se haría cargo de ella como un incentivo y complemento a un sueldo que no era de los mejores de la administración pública, para así el nuevo Director no tuviera problemas con su manutención y la de su familia. Fue en esas condiciones, que a mi abuelo se le otorgaron tierras que en extensión eran cercanos a los límites naturales con Argentina. Pero aquí se destaca un rasgo ético de la conducta de mi abuelo, quien al momento de recibirla, solicitó a las autoridades que se le otorgara sólo como un beneficio mientras viviera. Fue así como se hizo cargo de la escuela y en ella laboró hasta el día de su muerte, ocurrida en el año 1913, a los 54 años fecha en que la comunidad, por el recorte de un diario que poseo, le rindió un último homenaje, hundiéndose él en la oscuridad más absoluta pues hasta la fecha de hoy nadie lo recuerda y el porqué sucedió esto es lo que a continuación narraré.
En una parte de los relatos de tía Berta, quién llegó a esa ciudad junto con mi abuelo, siendo aún un bebé y la primogénita del matrimonio, me narró que el abuelo tenía a su cargo un ayudante, el profesor primario Dn. José Arretx, para las labores educativas propias de la escuela, que al momento de su muerte se hizo cargo de la Dirección de ella y sí aceptó como propiedad los terrenos que habían sido designados como parte complementaria de su sueldo. Obviamente, según me contó ella, el nuevo Director designado, sin ninguna consideración de su parte, expulsó a la familia, dejándola en la más impensada situación de miseria, aunque esta situación a mis ojos y desprovisto del apasionamiento de ella, era lo que tenía que suceder, pues no se podría explicar o encontrar una solución pecuniaria que beneficiara a la familia, por parte de él y le otorgara la tranquilidad que ellos necesitaban en esos momentos, pues era una responsabilidad gubernamental y propia del Ministerio de Educación de esos tiempos, organismo cuyas autoridades responsables jamás le otorgaron a la viuda una pensión de viudez. Afortunadamente, al momento de su muerte, su cuñada a quién había educado ya era profesora primaria en la ciudad de Victoria, se hizo cargo de la familia y permitió que tía Berta, que en los momentos del fallecimiento del abuelo, estudiaba en la Escuela Normal de Victoria terminara sus estudios, carrera que le permitió llegar a ser también Directora de Escuela. Tiempo después toda la familia emigró a la ciudad de Chillán, ciudad donde ambas mujeres, comenzaron una nueva etapa de sus carreras de educadoras y mi padre quién en esos momentos sólo tenía 12 años, llegaba a terminar sus estudios primarios y secundarios, zona en la que mi abuela tenía una gran cantidad de familiares.
Formaban la familia de la viuda, sus hijos Berta, Zunilda, Camilo y mi padre Luis, junto a la tía Chane, quienes vivieron en esa ciudad casi una década, trasladándose posteriormente a la capital Santiago, ciudad en la que muere Camilo en un accidente ferroviario, y producto de la pena de esa muerte fallece también la abuela en el año 1933. Es en esa misma etapa, es en la que ocurre otro lamentable suceso y es en el que Zunilda antes de cumlir los treinta años, es sometida a una operación quirúrgica simple y por alguna negligencia médica queda paralizada de ambas piernas, quedando al cuidado de su hermana Berta por el resto de sus 90 años. Bueno, es el caso que en Chile, las hijas solteras enfrentadas a la muerte de su padre, reciben un dinero de parte del Estado mientras permanezcan en esa condición de soltería, así lo solicitaron por años mi padre y su hermana y nunca se obtuvo una respuesta a esa condición.
Pasaron los años, y mi progenitor ya teniendo su propia familia, intentó reivindicar el nombre del suyo en la comunidad de Curacautín, a través de múltiples misivas a los medios de comunicación de aquel entonces, como así lo atestiguan algunos recortes de diarios de esa región que poseo, no obteniendo respuesta alguna. Me contaba él que en sus averiguaciones en relación a su padre, en la ciudad es recordado el nombre de Dn. José Arretx como el primer profesor fiscal de la ciudad, de lo que se deriva obviamente que también se le recuerda como el fundador de la primera escuela, como así lo destacó un diario regional para las festividades del día del maestro en el año 1944 y, seguramente, creo yo , por desconocimiento de las autoridades educacionales de la zona, lo habrán hecho de la misma manera en otras ocasiones en estos casi 100 años que han transcurridos desde su fallecimiento y ni siquiera se sabe el lugar donde yacen los restos de quien fuera realmente el fundador de esa escuela.
Por el año 1966, le ofrecí a mi padre hacer alguna investigación en el Archivo Nacional de Bibliotecas y Museos acerca de lo que me relataron él y su hermana, ambos en la actualidad fallecidos, y encontré y me otorgaron fotocopias de los documentos que acreditan la historia no reivindicada del abuelo, que aún guardo en mi poder para en algún momento poder hacerlos públicos y hacer que su nombre ocupe el lugar que le corresponde, en la ciudad en la que entregó su últimos esfuerzos. Con respecto a narrar acerca de los dineros que debieron ser entregados como pensión de viudez a mi abuela y a Zunilda mi otra tía, no tiene otro fin que el de avalar lo que decía al principio de este relato, acerca del “Pago de Chile” y está relacionado naturalmente con la muerte del progenitor de mi padre y con el reconocimiento póstumo que debiera tener su labor educativa, con la que obviamente él, como tantos otros, hicieron patria en Chile a fines de siglo XIX y comienzos del siglo XX.

Lionel Enriquez

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