Seguir, perseguir, conseguir

I

Si la diferencia entre seguir y perseguir está en su finalidad, lo mío no fue una persecución. Al principio, cuando aquel chico bajó conmigo del autobús, le seguí casi sin darme cuenta, por inercia, como si descendiese por una rampa cuyo vértice me era desconocido. Pero el vértice era él, claro, con su chaqueta negra, sus pantalones azul oscuro, sus manos en los bolsillos y un cuerpo recogido en sí mismo, de composición cerrada en aquella noche fría de invierno. No tenía ganas de volver a casa. Quería alargar el domingo, brumoso en la forma y en mis sentidos. Quería detener la marcha del tiempo hacia el lunes, hacia la rutina, otra vez, no odiada pero tampoco deseada, como la de los sueños que nunca se recuerdan. Seguir o perseguir. Evocar o invocar. La fantasía o el deseo empujaron mi cuerpo y suspendieron mi mente para que rodaran, y yo con ellos, por aquella cuesta infinita cuyo vértice no pretendía ser alcanzado pero tampoco ignorado. Prendida de su movimiento, acompasé mi paso al suyo, adiviné sus ojos fijándose en lo que yo me fijaba, sus oídos percibiendo lo que yo percibía y, así, de esta forma, sentí y disfruté de la presencia de aquel chico desconocido en cada una de mis sensaciones. Los objetos no perdían su virginidad al ser atravesadas por él. Al contrario: él constituía la misma virginidad y por su propia voluntad la transmitía al resto de la creación. Siguiendo sus huellas empecé a interesarme por su rostro. Yo caminaba a unos diez metros de él, alejándome miedosa cuando creía delatarme y acercándome devota cuando temía perderle, de modo que sólo a veces conseguía intuir alguno de sus rasgos. Parecía hermoso en la distancia. Sin embargo, del mismo modo que la curiosidad me incitaba a buscar entre lo oculto, el recelo ante la realidad me tapaba la vista, protegiéndome de una más que posible decepción. Mis pasos eran sustentados por la fe y mi imaginación, sólo mi imaginación, los hacía más ligeros al hacerles creer que seguían aquello que deseaban. Por una vez yo era consciente de mis propias trampas y, tal vez por eso, las aceptaba, sintiendo la pureza de una intención que no era otra que la de poder seguir soñando.

II

Sonó un móvil. El chico se detuvo. Yo seguí caminando y, al pasar por su lado, escuché su voz por primera vez. No fue como yo la imaginaba. El aire que bostezaba entre las calles y el runrún monótono de los coches volvían discordante aquella voz, una voz más parecida al mediodía que a la madrugada, una voz demasiado aguda e inestable como para mantener en pie una ilusión que había sido construida a partir de semejanzas. Mi sueño, mi burbuja de imposibles, de domingos eternos y regiones ignotas, no podía sobrevivir a su tacto seco y afilado sin estallar y dispersarse en mil distintas direcciones. Sin embargo lo hizo, pues la forma, tan distinta a la que había fabricado mi mente, quedó contrapesada por un fondo que se mantenía inhóspito al no ser comprendido. Hablaba en alemán. Las palabras, agudas e inestables, secas y afiladas, escondían en su grotesco lenguaje a un Dios secreto aún no negado por la realidad, a un Dios posible que me obligaba a consagrarle mi tiempo y mis obras. Le rendí, pues, mi corazón de enamorada, clavé mi rodilla en el suelo e inclinando mi cabeza pecadora fingí atarme los cordones para que pasara por delante de mí. El rito, en su contradicción, en su apariencia sólida que aspiraba a lo volátil, fue aceptado para poder participar del misterio. El seguimiento, a partir de entonces, se convirtió en persecución.

III

Fue ayer
cuando te vi,
cuando creí verme
a través de tus ojos invisibles.
Yo no te conocía,
pero mi imagen estaba en ti
y en ti se reflejaba
(en tu cuerpo,
en tus palabras…)
para regresar a mí
transformada en juramento.

Tú existías,
porque yo te había dado la existencia.

Tú eras,
porque yo te había dado el ser.

Yo te había creado
y siendo,
siendo por mí,
siendo la más perfecta
de mis creaciones,
a ti aspiraba
como planta al sol
que le dio la vida.

Fue ayer.

Ayer…

Mi eterno domingo.

Luego desapareciste
en un portal.
Mi cuerpo pasó de largo
pero yo seguí contigo,
sintiendo tu impulso
sin sentirte a ti:
éxtasis que precede
a la noche oscura
del alma.


CVA

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