Las doce monjas y los tres jovencitos de Francesco da Barberino

literatura

Francesco da Barberino nació en el año 1264 en el seno de una familia modesta, en una población llamada Barberino, situada entre Florencia y Sena. Fue enviado a estudiar “los siete artes” a Florencia, siendo discípulo del maestro Brunetto Latini y teniendo como condiscípulo a Dante. Más tarde, una vez concluida su preparación allí, continuó su educación en Bolonia, donde estudió derecho canónico y leyes. De nuevo vuelve a Florencia para instalarse, pero, por motivos políticos, debe abandonar de nuevo la ciudad y trasladarse a Padua, donde escribe su libro “Reggimento”. De allí pasa a Francia, donde vive durante cuatro años, para volver de nuevo a Florencia para acabar sus días como notario.
La mayor parte de sus obras se han perdido; sin embargo, se puede apreciar en las que aún se conservan una tónica general y es el deseo de moralizar al lector y de mantenerlo con sus preceptos dentro del buen camino religioso y social de la época, aunque para ello deba revestir sus textos de cierto aire de libertinaje que lo hacen más atractivos para quienes los leen.

LAS DOCE MONJAS Y LOS TRES JOVENCITOS

Se cuenta que antiguamente existía en España un monasterio fundado por una santa mujer, en donde habían profesado, bajo sus auspicios, doce jovencitas pobres.
Cuando la fundadora murió, varios gentilhombres del país se apoderaron del monasterio y pusieron al frente de él a una mujer muy hábil y astuta en calidad de superiora, para colocar a doce señoritas, hijas de ellos, de unos diez y ocho años de edad, de maravillosa hermosura, y echaron a las monjas que antes estaban allí.
El obispo, del cual dependían, intentó oponerse, pero sin resultado, y tuvo que resignarse con dar un asilo a las doce monjas y decir a las doce señoritas:
-Que Dios os proteja y os haga agradable la nueva vida que os ha otorgado, en la edad y en la situación en que estáis.
Los padres, que eran ricos y poderosos, deseaban que sus hijas llevasen una vida de esplendor, y la misma superiora, conociendo las dificultades que para lograr la sumisión de las jóvenes encontraría, procuraba con gran celo, no ser sólo agradable a los ojos de Dios, sino a los de los hombres, para seguir en tan buena senda.
Se pasó un año así, y llegaron a gozar de excelente fama; pero secretamente, entre ellas, cuidaban sólo de comer y de beber bien y de componerse para estar hermosas, sin acordarse apenas de las plegarias ni de Dios, a no ser que las viesen desde fuera.
El Señor, que sentía el ultraje hecho a las pobres monjas, y que veía a las otras con capa de buena reputación e indiferentes en su presencia, llamó a un ángel y le habló así:
-Ve a buscar a Satanás y le dices que le doy permiso para que por todos los medios que juzgue mejores, procure tentar a las mujeres de ese monasterio y haga que su mala conducta, tan bien disimulada, resplandezca a los ojos del mundo.
Satanás avisó entonces a uno de sus satélites llamado Rasis, del cual había probado la sutileza e inventiva, y le confió la difícil misión.
Rasis se dispuso a obedecer al punto. Tomó la apariencia de una vieja y se fue al monasterio pidiendo hablar con la superiora, a la cual declaró que deseaba hacer entrar en el convento, con la mayor reserva, a tres hijas del rey de España. Añadió que el monarca había tenido estas hijas de una gran dama y deseaba que no se supiera nada, para lo cual dotaría a la orden de magníficas rentas y a cada una de las que habitaban el monasterio les ofrecería ricas joyas.
La superiora puso en pocas palabras a sus amigas al corriente de lo que sucedía, y estando secretamente de acuerdo con ellas, aceptó el ofrecimiento.
Rasis entonces tomó la forma de un hombre, y explorando el país, encontró tres jóvenes de trece, catorce y quince años, muy hermosos y muy rubios, que todavía en mucho tiempo no tnedrían ninguna sombra de barba que pudiera descubrirlos, y les habló así:
-Soy un joven muy rico, hijo de un rey. Amo a una joven que se encuentra en un monasterio; la he visto partir y he abandonado mi reino para seguirla. Si queréis, puedo haceros ricos. Os afeitaré la cabeza y os cubriré con un velo lo mismo que a las doncellas, y os haré entrar en el monasterio, en donde están las criaturas más bellas del mundo, y podréis divertiros con ellas; yo comisionaré a una vieja para que me facilite la entrada, y allí nos reuniremos todos, pero si no llegase a entrar de este modo, entonces vosotros me abriréis.
Pronto se pusieron de acuerdo en todo, y Rasis les dio a cada uno trescientas flores desecadas, engañándoles como si fuesen otros tantos ducados, y añadió:
-Ponedlos en un cofre, y cuando volváis os daré además mil a cada uno. Entretanto seguiréis a la vieja, que se hallará a la orilla del río, y ella os pasará a la otra ribera.
Rasis se fue delante y volvió a tomar la forma de la vieja, para conducir a los tres jóvenes hasta el monasterio. Llegado allí, conversó con la superiora, entregándole cuatro mil guijarros, como si fueran otros tantos florines de oro, y a cada una de las jóvenes les dio anillos de paja por sortijas de oro, con piedras que creyeron preciosas y briznas de hierba que parecían telas: después quiso que todo esto se quedara hasta el día en que las jóvenes hubiesen terminado su educación. Cuando entraron éstas, explicó que les había afeitado las cabezas, porque así tenía costumbre de hacerlo su padre desde que contaban dos años, y que las habían llevado con vestidos de hombre para que el secreto fuese más grande y nadie pudiese sospechar adonde las habían conducido. Dijo también que debían cambiar los nombres, porque si ciertos caballeros de su país llegasen a conocerlos, estarían allí en seguida.
Las jóvenes del monasterio, viendo a las recién llegadas tan bellas, se mostraron muy gozosas de su compañía. Pero como no había nada más que doce cuartos, la superiora dijo a la vieja:
-Mientras que las tres jóvenes estén con nosotras, será preciso que duerman con las otras.
-Decís bien; para que ninguna esté celosa, creo que será mejor que vayan turnando con unas y otras.
Todas aprobaron, mostrando deseos de tenerlas consigo. La vieja dijo que volvería con frecuencia, y después, haciéndose invisible, estimuló en todos el vicio de la lujuria.
Las tres jóvenes a quienes la primera noche tocaron las tres nuevas compañeras, conocieron pronto en sus juegos con quiénes se las habían, y dijeron:
-¿Cómo es que estáis aquí?
Las recien llegadas respondieron:
-Somos hijos del rey; pero nos ha tenido de una de sus parientas, y como le parecemos mucho está tan incomodado, que nos envía aquí para ocultarnos mejor.
No hubo necesidad de insistir, y cambiando de cuarto les sucedió lo mismo con todas las otras; pero todas estuvieron conformes en decir a la superiora que jamás habían visto jóvenes más amables.
Pasaremos por alto los demás extremos y las numerosas visitas de la vieja, para decir en dos palabras que al cabo de seis meses todas estaban embarazadas.
Entonces se vieron obligadas a acudir a la superiora y manifestarle lo que había sucedido. La superiora, que solo tenía treinta años, prorrumpió en mil amenazas.
-¡Os haré quemar a vosotras y a ellos delante de vuestros padres! -decía.
Entonces las jóvenes no encontraron nada mejor sino meter en la cama de la superiora a uno de los tres galanes y a los otros dos en la cama de las dos criadas. Las cosas pasaron de tal modo, que al día siguiente el ama y las criadas estaban en las mismas condiciones que las otras.
Cuando los tres muchachos declararon que querían marcharse ya, todas se opusieron, haciéndoles permanecer todavía tres meses, hasta que llegó el fatal momento de los partos, y escaparon diciendo:
-Guardaos todo el tesoro.
La vieja vino en ese momento, y llena de rabia la superiora le dijo:
-Las señoritas que usted ha traído se han marchado diciendo que no quieren continuar este género de vida.
La vieja respondió:
-Haced lo mismo que ellas.
Lejos de atenderla, fueron a visitar su tesoro, y no encontraron sino flores, hierbas secas, piedras y brizna de paja.
No sabiendo lo que eso significaba y aconsejadas por el despecho, avisaron a sus padres de que las tres señoritas habían dado a todas un brebaje para dormirlas y entretanto habían roto los cofres y se fugaron, llevándose todo lo de valor. Acudieron los padres en seguida, pidiendo verlas.
-No -dijo la superiora-; esto no es prudente; dejadlas sosegarse.
Y como se resignasen, parecía que todo iba bien. Pero sucedió que a los ocho días una de las criadas estaba acostada con otro criado, y fue sorprendida por la superiora y dos de las jóvenes, que con poca prudencia armaron un gran escándalo.
La criada, llena de indignación, repuso:
-¿No puedo yo acostarme una vez con un hombre, cuando durante tantos meses vosotras habéis hecho lo mismo?
Esta discusión hizo que todo se descubriera.
Sorprendidos quedaron los criados y los obreros del monasterio, y el rumor de lo que había ocurrido se esparció por todas partes; la muchedumbre entró por la fuerza, y encontrando a las mujeres con su gran vientre, empezaron a arrojarles piedras, ayudados por sus mismos padres, hasta que las mataron. Algunos quemaron en seguida a la superiora, enterraron vivas a las criadas y descuartizaron al criado. Hecho esto se fueron a buscar a las doce pobres monjitas que antes estaban allí, las volvieron al monasterio y ellas eligieron una abadesa digna y vivieron mucho tiempo en santidad.
En cuanto a los tres jovencillos, al volver a su casa, encontraron a Rasis en forma de caballero como estaba la primera vez que se presentó a ellos, y le preguntaron.
-¿Cómo ha sido que no ha ido usted a vernos?
-He estado enfermo -contestó él-. Y vosotros, ¿qué habeis hecho?
Ellos se lo refirieron todo.
-Ahora devolvedme mis ducados -dijo Rasis.
-Al contrario; tú debes completar el millar -le repusieron.
Discutiendo el uno que no le habían servido de nada y los otros que él no les había secundado, llegaron al puente de un gran río y empezaron a pelear de modo que le fue fácil a Rasis agarrarlos y precipitarlos al agua, en donde se ahogaron.
Así cada uno concluyó según sus obras.

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