El río bajo la ciudad

La ciudad bajo mis pies cree dormir su inquieto sueño.  El río callado bajo mis pies sabe dormir su eterno reposo.  Un río donde mi espíritu logra beber toda su melancolía, sus ilusiones de sol nuevo.  Este río posee la dureza, la impronta sangría de no existir al cielo, de su memoria evocada.  En sus silentes orillas las flores secretas, temblorosas, quieren manifestar su creciente trauma.  Imaginan.  Alzan sus mustios ojos hacia el suelo que las contiene, que las cubre con su desandada capa.
Sin tesoros escondidos, sin las danzas de las aguas en su idílico recorrido, como si fuese un amor desamparado, en la cruda enfermedad de la tristeza, de la suplicante desdicha.
Podrá ausentarse el cielo, desnudar las almas, callar los poetas, perder su encanto las hermosuras y la maldad sufrir de ternura … pero la huella de las aguas oscuras, herméticas, harán raíces en lo profundo, en los efímeros brotes inclinados a las estrellas apagadas, en la nostalgia del ayer natural, en los recuerdos a la deriva.
¿Cómo levantar ese suelo inmenso en esta soledad?, ¿ Cómo llamar a la invisible indiferencia del hoy malsano?.
En el lodo oculto, añorando los milagros de agua fresca extraña, ¡ Jamás volverá el deseo de dos enamorados a sus húmedos contornos de exilio!
Como celosos guardianes los ecos,  a la voz del río en el fango la duerme,  la descansa en negruzca almohada.
Lúgubre mar doliente, su corazón se muestra cabizbajo, con la amargura de la vida difunta, desventurada, como si millares de gotas de veneno llenaran sus latidos huecos.
Ese río incomprendido de boca muda, repliega su sacra vejez.  Exagera al tiempo su pasividad como una estatua, con ojos de mármol observa su sombra en penumbra, es el amante solitario en su sublime última morada.

Juliano Ortiz

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