La niña sonrió una noche al ver al dulce cordero, creyendo que era puro y
pasional. Formó con su corazón un cuento y lo bautizó con el nombre de amor.
Le puso adornitos de colores y lo guardó en una silla detrás de la calle
argentina.
Mucho tiempo después, sin querer, se mudó de casa. Se olvidó de la carta de
sus sueños y cumpliendo sus primaveras logró a engaños casarse con su amado.
Con el relato melancólico, el novio le regaló cicuta, envenenándola la noche
de bodas y huyendo con su meretriz, la mujer que realmente adoraba.
Pasaron más de cien años y alguien descubrió el ropero de una casona a punto
de demoler una rosa negra siempre floreciente y una carta manchada con los
latidos de un corazón inerte. En confusa caligrafía la esquela decía: “si me
caso con quien amo moriré, al que lea este papel le pagaré un millón de
florines si me rescata del altar. Él me ha hechizado.”
El que descubrió la carta era el nieto del hombre asesino del amor de la
infanta ingrata.
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