Usar y tirar

A veces siento que mi vida solo ha sido un sueño.
Esta mañana, antes de atravesar el umbral del despertar, una extraña sensación me infundían los reductos que aún duraban en mi cabeza del sueño que hasta ese mismo instante me mantenía ocupado. Era muy extraño. Al final de una especie de túnel donde ruidos estrepitosos como truenos hacían eco sin cesar, se distinguía una luz tenue y dos figuras humanas que parecían observar con curiosidad. También recuerdo que algo me hacía acercarme cada vez más a esa extraña luz. Reconozco que ha sido uno de los sueños más realistas que he tenido, y aún tengo la sensación de haber estado allí.
El día de hoy parecía ser tan monótono como cualquier otro. Antes de haber terminado el desayuno, ya había encendido el primer cigarro.
Salimos mis compañeros de piso y yo a hacer algunas compras, y como no, a fumarnos unos pitillos en nuestro rinconcito habitual del parquecito del barrio. En poco tiempo, empezaron a aparecer los coleguillas con cervezas, que por cierto, aunque lleven años bebiendo, siempre tengo que abrirlas yo, como si fuera el barman del grupo o algo así.
Cuando ya habíamos abierto la última “litrona”, y casi por la fuerza, unos amigos me llevaron con ellos a su casa. No me pude resistir. Allí seguimos con los pitillos hasta que el salón se llenó como de una neblina londinense que no dejaban ver el fondo de la habitación.
Habiendo almorzado ya, hubo alguno que se echó una siesta breve, mientras que los demás contaban historias absurdas de juergas y movidas de fin de semana. Al cabo de un par de horas, algunos decidieron salir a la plaza de retama, y los demás los acompañamos. Fue allí donde comenzó todo.
El día tomó un tono grisáceo, y una sensación de vacío se expandía por mi cuerpo. Poco a poco, empecé a notar un cierto rechazo y hostilidad por parte de ellos. La situación se fue truncando. Empezaron a insultarme y a golpearme, hasta el punto de que uno de ellos me cogió y me lanzó contra una pared con todas sus fuerzas.
Y partido en dos yacía en el suelo, inmóvil, atónito, impotente. Fue entonces cuando lo comprendí todo: ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Soy un mechero!

Alberto García

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