Un suplicio en Persia dela antigüedad. A propósito de un juicio reciente en Chile

Cuenta Plutarco en sus “Vidas Paralelas”, que cierto general persa se confabuló con otros militares para derrocar el Rey. Relata también que uno de sus cómplices lo traicionó, dando cuenta de toda las acciones que tenían planificada los traidores. El gobernante reunió a todos los militares fieles a él e hizo apresar a los confabulados. Como castigo al general cabecilla de la rebelión lo hizo “Enartesar” y en ese estado lo dejó en el medio del desierto, muriendo al cabo de un mes (dice el mismo Plutarco, que narradores de esa época contaban que este hombre habría sido el que mayor tiempo habría resistido a este suplicio).

El enartesamiento era una de las ejecuciones de muerte de aquellos tiempos, en Persia (s. V a.c. y anteriores), destinada como pena a los convictos más viles. Dice Plutarco que el tal general soportó casi un mes al suplicio, el que consistía básicamente en dejar desnudo al condenado entre dos bateas o artesas de madera cerradas con candados, con cinco aberturas entre ellas que calzaban en sus bordes haciendo una gran caja, de tal forma que los orificios pudieran mantener fuera de ésta, la cabeza, los brazos, las piernas y dentro, el tronco desnudo.

También cuenta el mismo historiador, que como parte de este castigo, para que el condenado no muriera por hambre y sed antes del tiempo mínimo establecido, dos veces al día llegaba un hombre a darle agua y comida, las que si no eran aceptadas por el condenado, las sustituía por miel líquida que le hacía beber y también con la misma le embadurnaba la cara, para así atraer moscas e insectos para que depositaran sus huevos y de esta manera comenzara el proceso de agusanamiento por el rostro, obviamente por ojos, oídos y nariz, antes que sucediera lo que normalmente se esperaba, es decir como el producto de las heces y orines depositadas dentro de la artesa. También como parte del castigo, para que no muriera de insolación, había un guardia permanente que al menor indicio de ello, lo refrescaba con agua, para que no muriera antes y de manera inconsciente.

Creo que éste era realmente un castigo maldito y que no se lo daría ni siquiera al peor de los rapaces dictadores que se han apoderado del poder a través de la más alta traición a la patria y a sus gobernantes legítimamente constituidos en ella y, a quienes debían fiel y leal obediencia. Personajes como éstos son aquellos que ni siquiera merecen el calificativo de hombres. Y no se lo daría, precisamente porque el humanismo debe primar siempre en la conciencia del hombre, puesto que hay que confiar en los valores de la justicia, para no caer en la deshumanización de los castigos que deben aplicárseles una vez que han sido destituidos. La justicia en la democracia reimpuesta deber hacer bien su trabajo, con jueces realmente competentes, logrando que paguen efectivamente por la alta traición, por los crímenes de lesa humanidad, por el enriquecimiento ilícito a costa de los Estados que han gobernado arteramente, y que han cometido por su ilegítimas ambiciones. Ejemplos de estos pequeños y rapaces personajes juntamente con sus cómplices, han abundado en nuestra historia reciente y que casi siempre han sido avalados por oscuros personajes escondidos en sus siniestras madrigueras tapizadas de oro y poder que han conseguido, con maniobras reñidas con los valores éticos y morales que deben acompañar al hombre en una sociedad en que debe reinar la paz, la justicia y la libertad en una armonía plena.

Lionel Enriquez

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