Tejedora

Pequeña,
asiladora criatura.
Llegas hasta mí para quedarte
como un pétalo de oro en el rostro de una reina.

Cada paso nos convoca,
cada músculo apretado en mi cintura.
cada amarra hundida en tierra fértil
rebosante de trigos y de trinos.

Llegaste silenciosa,
venías del río, de la espuma, de la corona del agua,
del rocío de la tierra,
del misterio de las islas azules,
y del soplo de una noche de febrero
como el suspiro de una rosa roja.

Llegaste milenaria, pequeñita de manos,
enorme de caricias con tu boca anudadora,
con ella refundamos cada beso, cada frente,
cada colina, cada estela dudosa de caricias,
pasamos, y repasamos cada hebra,
cada lazo embelesado de ataduras
con su trenza de luces.

Así nos enredamos en una telaraña jubilosa
y volamos ligeros como pájaros.

Urdidora azarosa de todos mis delirios,
hilandera de mis sueños más profundos
apuntados uno a uno en tu marco infinito.

Fue tu mano encantada atrapando cada fibra,
tu primor,
hilvanando cada beso, atando su dulzura,
cada caricia bordada con tu cabello de luz
como un bramante satinado de espuma.

Y tu mano, y tus ojos, tu palabra
apaciguadora,
tu gesto manso, ligero de exquisita melodía,
con él templaste mis afanes:
el niño guerrero suspendido.

Así tu mansedumbre
me llevó al cariño

Así también, lentamente,  un hilo invisible
me hilvanó el alma
con su pespunte
de plata

(Gabriel Reyes, chileno)

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