Pequeñas experiencias y recuerdos

Esta historia solo es una recopilación de pequeñas experiencias y recuerdos contemplados a través de los ojos mágicos de la infancia, cuando todo está envuelto en ese maravilloso misterio que hace volar la imaginación para transcender la objetividad y encontrar el mundo surrealista que subyace a lo aparente.
Yo vivía en una vieja granja al lado de ningún sitio y en mitad de ningún donde. Vivía en esos campos agotados, en esas llanuras infinitas, quemadas por el Sol y ahogadas por las tormentas, tan llanas y gastadas de tan pulidas y ancianas. Vivía entre esos maizales, esos campos de arado que se extienden hasta el horizonte, solo perturbados por los pedregosos caminos que serpentean entre las bastas fincas y los bosques de junco, caña y chopo que bordean el recorrido de moribundos arroyos y riegos. Vivía entre tomates, lechugas, manzanas y espigas, entre raquíticas gallinas y vacas secas y entre todos esos animales y bichos misteriosos que poco a poco iría descubriendo.
Yo por aquel entonces no era consciente de las limitaciones de aquella pobre tierra olvidada y la amaba. La amaba porque era mi mundo y no me preguntaba qué podría haber más haya de los difuminados montes y bosques que la rodeaban y la marginaban en su propio olvido, parecían tan lejanos… como si solo estuvieran ahí porque el horizonte tenia que acabar en algún sitio.
El caso es que yo vivía en una vieja granja blanca en la que acababa un largo sendero pedregoso en mitad de una llanura sin nombre. En otro tiempo parece ser que fue un gran lugar, lleno de bullicio y de gente entrando y saliendo, comiendo y bebiendo, rebosante de todo tipo de animales exóticos que abastecían a toda la comarca con  su carne, sus huevos y su leche, incluso me contaron que llegó a haber un gran gorila al que venían a ver los domingos todos los niños de los alrededores porque al parecer el último día de cada semana el simio era capaz de hablar y mantenía largas y curiosas conversaciones con todo aquel que le ofreciera unos cuantos cacahuetes. Eran esos animales de los que ahora solo quedan unos cuantos huesos repartidos por los alrededores, de esos que te encuentras a veces por casualidad mientras juegas en los cultivos o que salen de la tierra a respirar las noches de tormenta y los puedes recoger fácilmente por la mañana antes de que vuelvan a esconderse. Me encantaba buscar huesos e imaginar al animal al que debieron pertenecer y como y por qué habían acabado donde fuera que los encontrase. Ojala algún día diese con el viejo gorila parlante.
Bueno, pues según tenia entendido, todo aquello había sido levantado un buen día hace muchísimos años por un gran hombre querido por todos por su valentía y por la admiración que producían sus historias de aventuras y conquistas de mas allá del océano. En realidad era un pobre diablo que una mañana decidió lanzarse al mar en busca de fortuna en uno de esos barcos mohosos y crujientes que zarpaban antes hacia la nada pues nada podía ser peor que el presente que vivían sus tripulantes y nada tenían que perder allá donde les arrastrasen las olas y los vientos. El caso es que una década mas tarde, cuando regresó, volvió trasformado en un honorable caballero repleto de oro, con todo tipo de criaturas y plantas, y dispuesto a cultivar el éxito que había logrado esta vez en sus propias tierras.
Así es como mandó construir la granja, las vallas, los establos, los almacenes… hasta el caserón principal con sus tres chimeneas y sus inmensas cocinas, y tras pintarlo todo de blanco, lo llenó con sus extraños animales y sembró los campos de vegetales nunca vistos hasta la fecha. A partir de ahí comenzaron los años dorados de la granja, el comercio, el bullicio, la vida … .
Mucho había llovido desde entonces, mucho, muchísimo, demasiado. El tiempo y la fría agua habían transformado ese sueño en un gigante hinchado y moribundo en el que ahora vivía yo, dedicado a buscar los restos de tiempos mejores entre sus tierras, y cuando por suerte encontraba un vestigio de ellos en forma de hueso carcomido solo podía sentir melancolía.

LA GRANJA :
La granja en la que vivía era como aquella anciana decrepita y muda de la que el grueso y amarillento papel de las viejas fotos en blanco y negro se burla revelando que en algún momento fue una joven belleza antigua. Costaba creer que el tiempo la hubiera hecho aquello. Estaba formada por el viejo caserón, donde se comía y bebía alrededor de la gran chimenea del salón y donde dormíamos mi abuelo y yo, dejando libres tres habitaciones en las que debieron de dormir los criados cuando la casa los tuvo. A través de una puertecita en la que acababa el pasillo se accedía a la despensa, una enorme habitación rectangular con una larguisima mesa en el centro y estanterías que ocupaban todas las paredes, repletas de cientos de tarros y botes con todo tipo de alimentos flotando en aceites y vinagres. Había tarros naranjas con grandes melocotones deshuesados, tarros rojos hasta los topes de tomates a presión, tarros verdes de pepinillos gordos y granudos que parecían sapos en formol, y todo tipo de tarros rellenos de todas las comidas imaginables en conserva, flotando en un denso líquido, detenidas en el tiempo. Algunos de esos tarros se debieron de cerrar hace mas de cincuenta años y desde entonces han estado acumulando polvo en la despensa con su siniestro contenido paralizado en su interior. Un día descubrí un tarro de longanizas entre las que se podía distinguir perfectamente un dedo humano flotando, reseco y chupado por el vinagre que casi podía pasar por una longaniza más sin no fuera por la uña. Solía imaginar como pudo acabar ahí y de quien sería, pero eso ya es otra historia. Además de tarros y conservas había cientos de cacerolas, sartenes y ollas deformadas y abombadas por el uso junto a trapos y telas deshilachadas con las que los ratones hacían sus nidos y entre las que se acurrucaban en invierno los grillos para protegerse del frio. La mesa estaba cubierta de todo tipo de utensilios de metal oxidados, desde grandes cuchillos de carnicero hasta hachas de todos los tamaños, pasando por algunos que nunca descubrí para que sirvieron. De todos aquellos objetos los que más me llamaban la atención eran un rudimentario mazo y un clavo con los que al parecer se sacrificaba a las vacas. El grueso clavo tenia la punta mellada de haber atravesado tantos y tantos duros cráneos y el haber quitado docenas de vidas le otorgaba un aura de extraño poder a aquel pedazo de metal retorcido. En aquella despensa había tantos cacharros diferentes que seria imposible enumerarlos todos pero cada vez que entraba a buscar algo descubría una cosa nueva y pasaba horas muertas pensando para que serviría, de donde salió y por qué acabo allí, y mirando las fechas de caducidad de las latas para ver cual era la que había caducado hace mas años, u observando el dedo avinagrado flotando entre longanizas en su liquido fluorescente, siempre me preguntaré si otros pedazos de aquella persona flotaban en otros recipientes en lugares lejanos como muestra de un crimen perfecto cometido hace décadas. Definitivamente aquella despensa era como una cueva repleta de pequeños tesoros de los que solo yo era dueño.

Arturo Garrido

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