La historia increíble

Ceniciento Zamarramala llevaba viudo más de seis años cuando conoció, en todos los sentidos del término, a Maruja Casamayor, la hija bastarda de D. Jacinto Sandeogracias —el párroco de Villavieja de Alcaida—que sólo supo de quién era hija el día del bautizo de su primer vástago, que se llamaría como su padre y su madre: Ceniciento María Zamarramala Casamayor.
Aquel día iba a ser memorable en toda la comarca y, por muchos años sin término, de forma particular en el pueblo donde vivían los Zamarramala. Corrían entonces rumores de enfermedad en la casa de Ceniciento, incluso de muerte súbita no contrastada si no hubiera sido porque el mismísimo alcalde, acompañado del médico se personó para comprobar el estado vital y de salud de aquel hombre que desde la muerte de su mujer, en extrañas condiciones, no había vuelto a poner un pie en la calle.
Matilde Gonzaga, vecina y amiga de toda la vida de su difunta mujer —Soberbia Tiramillas—, venía haciéndose cargo de Ceniciento una vez por semana para limpiar la casa, adecentar el aseo y la cocina, fundamentalmente, y dejar algo de comida hecha para los días siguientes hasta su nueva y benevolente visita.
Aquella semana, Matilde tuvo que salir a toda prisa sin rumbo específico y hasta la fecha no se había sabido más de ella. Las malas lenguas atestiguaban, desde una imaginación poco convincente y bastante hedionda, que había sido sorprendida por algunas vecinas del pueblo contiguo, adentrándose en casa de hombres solteros para hacer esas cosas propias de animales en celo, arrastrada en sus pulsiones concupiscentes y tan prohibidas por la Iglesia. El caso es que de Matilde sólo quedó un triste recuerdo de puta fácil del que todos gozaban hablar en petit comité, desvelando así, tácitamente, la envidia de no haber podido beneficiarse a tiempo de la lujuria que sus cuerpos blanquecinos anhelaban desorbitadamente.
Cuando el alcalde y el doctor entraron en casa de Ceniciento, la puerta estaba cerrada con llave. Por muchos intentos que hicieron de que les abriera el portón de madera, pintado de minio, porque así decía el propietario que se conservaban mejor los tablones que armaban la entrada, no se escuchó ninguna voz desde el interior que les asegurara de que había alguien dentro y de que estaba vivo. Con mayor insistencia, el alcalde gritó más fuerte por ver si su voz aterciopelada, y para muchos en el pueblo excesivamente femenina, al igual que todas sus maneras y algún que otro rumor jamás comprobado de que por un efebo era capaz de todo, podía arrancar alguna señal que diera pie a pensar de la presencia de Ceniciento. Nada, silencio de muerte y quietud siniestra de cementerio. Esta vez, el doctor hizo lo mismo, pero haciendo gala de su masculinidad bien administrada, reflejado en su porte hiriente hasta para los menos sensibles y, con un oscuro y grave timbre de voz mugiente que no desdecía entre los ganados de toros y vacas que se sacaban a pastar por los prados de la zona, alzó de nuevo la voz esperando una respuesta más esperanzadora. Tampoco se oyó señal alguna de que Ceniciento permaneciese en el interior de su humilde morada. Ciertamente que humilde sí que lo era, hasta que se casó con Maruja Casamayor que se dejó la vida y algo más, en adecentar esa casucha que disponía de un pedazo de terreno por la parte de atrás y algo por delante, a modo de porche, para tomar el fresco en las calurosas noches de agosto.
La confirmación por parte del alcalde y del doctor de que en casa de Ceniciento pasaba algo malo estaba ya más que dictaminada. Finalmente, con una fuerte patada en la puerta, lograron tener acceso al interior de la vivienda. Allí no parecía haber nadie. La sala principal estaba a oscuras, y las habitaciones vacías. Se adentraron en la alcoba de Ceniciento por ver si allí se encontraba su cuerpo, enfermo, dormido, o muerto. Nada. En aquella casa todo permanecía en un estado de letargo absoluto, como si el tiempo no hubiera pasado. Un olor pestilente lo invadía todo, —huele a muerto —dijo el doctor haciendo uso de su saber científico que le permitía distinguir de qué tipo de hedor se trataba. Es verdad que el doctor conocía bien el olor de la muerte, no era de extrañar dada su mala fama de matasanos, pues en los años de historia del pueblo, y estamos hablando de siglos, quien se llevaba la palma de fallecidos entre sus manos era precisamente Salvador Malavida que, como paradójicamente explicaba su propio nombre, no era muy especialista en el noble arte de la sanación. Al instante otra aclaración, pero esta vez por parte del alcalde —viene de ahí, por debajo de la mesa. Con extremo sigilo avanzaron con lentitud hacia la mesa camilla de la salita del brasero y levantaron los faldones de paño y lana para descubrir una rata muerta, achicharrada en parte, por las brasas que aún humeaban, como un torrezno seboso. Las pesquisas referidas al mal olor quedaban concluidas, sin embargo, ni rastro de su buen amigo Ceniciento.
A partir de aquel instante y por orden del alcalde que quiso pregonar su pérdida lanzando por cada calle al pregonero oficial que, con trabuco a la espalda, cuerno de toro en bandolera con el que ir pitando su presencia y reclamando la atención de todos los vecinos desde su bicicleta —tan antigua como las campanas de la iglesia—, fue dando orden de busca y captura de Ceniciento Zamarramala. En menos que canta un gallo el pueblo se puso en pie de guerra y, distribuidos en equipos de tres o cuatros personas se repartieron el plano de la comarca en pos de su búsqueda. Se recorrieron todos los rincones habidos y por haber. Unos se centraron en peinar las calles aledañas a su propia vivienda, otros quisieron adentrarse por las callejuelas y pasadizos menos frecuentados y recónditos, lugares casi todos de los encuentros furtivos de amantes y adúlteros en las noches de luna llena, cuando la lujuria se apoderaba de las almas de los hombres, ávidos de placer y otras cosas. Otro grupo se desplegó por los prados y eras de la vecindad, después de haber obtenido el permiso de cada terrateniente que celosamente cuidaba de sus posesiones como si les fuera la vida en ello. Finalmente, un último grupo fue pasando por cada establo, porqueriza y gallinero en un descomunal combate contra el tiempo por encontrar su cuerpo, preferentemente vivo. Por más que se buscó y se buscó por allá y acullá, no hubo forma de hallar su paradero que como alma que se lleva el diablo se había esfumado de la faz de la tierra sin dejar rastro alguno al que agarrarse para dar con él.
Tres días pasaron sin que hubiera noticia fiable acerca de su término. Se dio orden a las autoridades competentes de la región para que pusieran sus instrumentos y efectivos más preparados al servicio de una labor para la que la mayoría de los vecinos de Villavieja no tenía más explicación que la brujería o la magia negra. Al cuarto día, el alcalde dio por concluido los trabajos de búsqueda de Ceniciento y se encargó su funeral a Don Jacinto que en ese momento estaba en la sacristía, a puerta cerrada con siete llaves, atendiendo íntimamente a una feligresa necesitada de consuelo interior y exterior. El pueblo entero lloró su muerte y tras un sentido rito exequial, con cantos y sermón emocionado por parte del párroco, se le dio hueca sepultura. Digo hueca porque en el féretro que se trasladó al campo santo y que luego se colocó bajo tierra, no había cuerpo alguno.
Las plañideras de Villavieja y unas cuantas más que vinieron de los pueblos vecinos acompañaron en todo momento con jipíos y desgarros guturales un terrible tránsito que dejaba a toda la vecindad sin resuello ni explicación ante su misteriosa desaparición. En su tumba colocaron una lápida que fue tallada a toda prisa por Carmelo Ruzafa y que por mismísimo encargo del alcalde y dictado del señor cura, grabó la siguiente inscripción sacada del primer Isaías: “Oír, oiréis, pero no entenderéis; mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado”.
La ceremonia del entierro se celebró entre sollozos disimulados y lágrimas de cocodrilo, que con una exagerada puesta en escena, propia de la mejor tragedia griega, las mujeres del pueblo, alentadas por aquellas plañideras mercenarias, dieron el mejor espectáculo que hasta el momento jamás se había visto en Villavieja de Alcaida, si no se tenía en cuenta el drama lapidario a la que años atrás fue expuesta la madre de Maruja Casamayor cuando se supo de su alumbramiento a escondidas, fruto de la relación mantenida con el todavía párroco del pueblo, quien supo disculparse acusando a su barragana de ser el mismísimo diablo tentador que so capa de cordero inocente supo arrancarle de sus piadosos votos de castidad perpetua.
Nadie podía dar crédito a lo inusual de aquel entierro que, tras una fingida pátina de lobreguez y amargura, despidió a su convecino sin prueba alguna concluyente en torno a su desaparición.
A partir de entonces los rumores sobre su vida empezaron a correr de boca en boca como fuego que se junta con la estopa. El ingenio para unos, y el diablo que sopla para otros, fueron argumentos de fuerza mayor para inventar una historia increíble acerca de su vida, su muerte y, en algunas mentes, sobre su actual paradero.
Habían pasado ya tres meses de la misteriosa desaparición de Ceniciento y el pueblo no había olvidado todavía los detalles de su vida, especialmente después de que le siguieran dando pábulo todas aquellas mentes calenturientas que en un último intento por explicar su extraña desaparición, inventaron toda serie de misteriosas historias dignas del mejor contador de cuentos.
Aquella mañana, como por arte del destino, se acercó a Villavieja un desvencijado y misterioso carro tirado por un par de mulas pardas. Alertados por el ruido de los cascos de las bestias, el pueblo salió a las puertas para enterarse del origen y pretensiones de aquel forastero. Los foráneos no eran gente que habitualmente se detuvieran en el pueblo, sino fuera porque una parada para el descanso, antes de proseguir la ruta, les obligara a estancar las ruedas de sus carros en medio de aquella villa poco hospitalaria y nada amiga de acoger a ningún extraño.
Ante la mirada expectante de tanto curioso sin acicalar todavía, a aquellas horas tempraneras en las que aún no era tiempo de ir a trabajar, el misterioso visitante se bajó del carro vestido de negro de los pies a la cabeza, tocado de un enorme sombrero de fieltro ajado por el sol, cubriendo parte de su rostro tras un pañuelo a modo de embozo, para dejar al aire dos enormes ojos de intenso y brillante azabache con poco o ninguna expresión vacilante. Parecía estar acostumbrado a ese tipo de bienvenidas hostiles y desconfiadas que Villavieja de Alcaida le brindaba sin ningún tipo de disimulo.
Era un hombre enormemente grande, cerca de dos metros de altura y con unas manos de dedos porrudos y uñas amarillentas sin cutículas, con un desorbitante anillo de oro amarillo que rodeaba su dedo anular de la mano izquierda y una deslumbrante piedra roja tallada e incrustada en el medio. Dirigiéndose a la primera persona que se le acercó, le preguntó con una voz aguardentosa y quebrada por un lugar para alojarse durante unos cuantos días en la villa. Precisamente fue Ricarda Mantillos, la propietaria del motel, la que le dio razón de una habitación y del precio por noche con derecho a desayuno y, por un poco más, con pensión completa. Aquel caballero sacado de las estampas de Doré que ilustraban los capítulos de la Divina Comedia de Dante, aceptó el ofrecimiento de Ricarda y a pie, con las riendas de las mulas en la mano, guió su carro hacia la zona del establo donde desenganchó a las bestias y las metió para que descansaran y comieran el heno fresco que se almacenaba en el granero contiguo. De momento hubo silencio y gran expectación ante la inoportuna visita que parecía querer romper la rutina del pueblo, hasta entonces sólo distraída por los cientos de historias curiosas e inventadas que en aquellos meses se fueron gestando a la luz de la desaparición de Ceniciento Zamarramala. Una vez que el visitante de negro se hubo retirado a su habitación, el pueblo —allí presente en todo momento—, se agrupó en un improvisado corrillo junto a su alcalde, proyectando toda clase de averiguaciones sobre su procedencia, destino e intenciones de su visita. Lo primero que se le impuso a Custodio Perpetuo —el alcalde de Villavieja de Alcaida—fue que en nombre de todos fuera a hacerle una visita y averiguara cuál era su nombre y el tiempo que estimaba iba a permanecer en el pueblo.
—¿Y si se trata de un pistolero o un matón a sueldo? -preguntó el alcalde con más miedo en el cuerpo que otra cosa.
El pueblo recurrió a su autoridad para obligarle a desempeñar su cometido que como buen responsable de todos debía ejercer sin dubitación alguna. Con paso decidido se dirigió hacia el motel, seguido de una muchedumbre rumoreante que no cesaba en sus especulaciones a media voz por hacerse una idea imaginada de la verdad que se ocultaba tras aquel traje negro y botos camperos de cuero remachados en las puntas por dos cuñas metálicas de un brillo argento. A la entrada del caserón se encontraba Ricarda, que con mandil roído y brazos en jarra recibió a su alcalde para darle razón del número de su habitación en el que momentos antes había entrado el forastero de mirada punzante y despreciativa.
Llamando con los nudillos a la puerta número siete, el alcalde preguntó:
—¿da usted su permiso? -para no escuchar respuesta alguna que le permitiera el acceso al interior de la habitación.
Nuevamente volvió a llamar, pero esta vez con mayor ahínco y determinación. De un golpe sordo y seco de madera vieja, la puerta se abrió ante sus narices y ahí estaba él.
Desnudo completamente, mostrando sus atributos al aire, pero calzado en sus botos, con el sombrero encajado hasta las cejas y el pañuelo oscuro que seguía cubriendo su rostro, el nuevo visitante le dirigió la palabra con agrio desabrimiento.
—¿Qué desea? -le dijo sin cubrir en ningún momento sus vergüenzas, ante las que el alcalde, cuyo gustos por el mismo sexo eran de todos conocidos, no supo retirar la mirada.
—En nombre de Villavieja de Alcaida, vengo a darle la más calurosa y sincera acogida por su providencial e inesperada llegada, -dijo Custodio ruborizado como un adolescente excitado que pretende dominar su testosterona que presintió le estaba jugando una mala pasada.
—Gracias, ¿algo más? -preguntó el caballero de la oculta figura en un tono de pocos amigos.
—Nos preguntábamos por su nombre y el tiempo que piensa pasar entre nosotros, si no le es molestia, -le dijo el alcalde con una cadencia que más parecía que se le estaba proponiendo para que se dejara rozar por él que por sonsacarle una información que a él, el primero, le interesaba sobremanera.
—Mi nombre es Caduceo y pretendo estar aquí dos cuartos de luna creciente después de la quinta aurora boreal, y ahora, si me disculpa, estoy ocupado.
Y con aquella última y lapidaria respuesta, le cerró la puerta delante de su aterciopelada figura, sin tiempo para reaccionar y preguntarle por el sentido de sus crípticas palabras. El problema que realmente se le presentaba ahora al alcalde era cómo explicarle al resto del pueblo que, como lince que otea tras su presa, esperaba una rauda y eficaz respuesta a sus inquietudes, no tenía más datos que los que su débil y quebradiza memoria había podido retener. Armado de valor como soldado que se marcha a la guerra, Custodio Perpetuo bajó por aquellas escaleras de madera de casa de lenocinio, y se dirigió dubitativo al encuentro de la muchedumbre que nerviosa empezaba a inquietarse por su tardanza.
—¿Y bien? -preguntó Salvador Malavida con un ojo clínico bien avezado que le puso sobre la pista de que las noticias con las que venía Custodio no iban a ser del agrado de todos.
El alcalde parecía tener claro que no haría descripción alguna de las maneras descubiertas e impúdicas con las que fue recibido en el umbral de la puerta de la habitación del visitante; nunca se sabía lo que podía dar de sí una persona que, aunque no era del gusto exquisito del alcalde, ante la falta de varones de edad núbil en el pueblo y la comarca colindante, quizás el popular refrán “a falta de pan, buena son tortas” podía convertirse en una máxima que tendría que explotar más a menudo.
—Os puedo decir que se llama Caduceo, y que su estancia en el pueblo no la sabe exactamente, pueden ser días, semanas o incluso meses.
Custodio, que conocía de sobra la mente trastornada de más de un vecino del pueblo y de lo que eran capaces de hacer invadidos por la ira y la irracionalidad, prefirió no remitir textualmente —entre otras cosas porque le hubiera resultado imposible repetirlo con las mismas palabras que Caduceo se lo había dicho—la previsión de alojamiento que se le había comunicado minutos antes.
Solucionada la cuestión, el alcalde invitó a los presentes a que volvieran a sus casas e hicieran vida normal; el tiempo les iría dando nuevos datos acerca del nuevo vecino y entonces, ya se tomarían las medidas oportunas con relación a su comportamiento. Sin embargo, una voz se escuchó por detrás de las primeras cabezas —casi todas mujeres con lengua de doble filo—que pretendió tomar la palabra y dirigirse a los demás. El corro se abrió para dejarle paso y la persona que se acercó hasta el alcalde era Telesforo Retama, el maestro de Villavieja.
—¡Un momento! -exclamó con diferenciada autoridad. Su saber, públicamente reconocido debido a su cargo, le obligó a intervenir para aclarar ante todos el significado del nombre de aquel misterioso y lacónico personaje.
—Caduceo es un nombre de origen griego, en realidad se trata de la insignia del heraldo, más conocida como atributo mágico de Mercurio, mensajero de los Dioses del Olimpo. Mercurio se sirvió del caduceo para adormecer y despertar a los mortales, atraía a ellos las almas de los fallecidos o las conducía a la morada de los muertos o al infierno; sujetaba los vientos y disipaba las nubes, convertía en oro lo que tocaba y transformaba las tinieblas en luz. Como veis se trataba de una vara de poder que se puede utilizar para bien o para mal.
—¡Tenemos que quitársela!
Esa fue la reacción unánime del pueblo entero después de escuchar el erudito discurso etimológico de Telesforo que tras oír la reacción, de adolescentes mal criados, por parte de sus convecinos, los puso a todos sobre aviso de que corrían un terrible peligro si aquel heraldo o mensajero de quien fuera llegaba a enterarse de las pretensiones que acariciaban.
Dos días enteros, el heraldo estuvo encerrado en su habitación y no salió para nada; ni comió, ni solicitó agua ni supervisó la atención de sus mulas que aguardaban en el establo hasta una próxima misión viajera.
El caso es que todo aquello no era sino elucubraciones de un pueblo que más disfrutaba holgando que entregándose a su trabajo. Hasta el momento no había refrendo de ninguna clase que confirmase que el hombre venido de negro fuera un heraldo y que además tuviera en su poder el caduceo de Mercurio y con pretensiones de utilizarlo en contra del pueblo. ¿Y si en verdad era la persona que Telesforo tuvo a bien explicar? ¿Y si realmente poseía esa vara con poderes mágicos y los quería usar en contra del pueblo? Por último, una pregunta fue tema obligado de discusión en los diversos corrillos que a partir de aquella improvisada reunión mañanera empezó a propagarse como la espuma: Si, finalmente se comprobaba la tenencia de la vara y esta le era arrebatada, ¿podrían los del pueblo hacer uso de ella a favor de todas sus necesidades?
Ya no hubo más tema de conversación en muchos días. Había que aclarar aquel cúmulo ficticio de cuestiones artificiales y esperar a que su verdadera identidad se mostrase con mayor transparencia.
Cierto día, después de meses desde el artificial entierro de Ceniciento, a las doce del mediodía, el sol empezó a oscurecerse en un cielo despejado y azul, robando la luz del pueblo por unos minutos de eterna angustia. Todo Villavieja salió de sus casas que, ante la sorpresa de aquel extraordinario fenómeno de la naturaleza, no pudo contener ni disfrazar su temor al que no tardaron en buscarle una explicación que, cómo no, apuntaba una vez más hacia el misterioso visitante de sombrero de fieltro negro que desde su llegada al pueblo a penas se le había vuelto a ver públicamente.
En un momento, se hizo la noche, los pájaros dejaron de cantar y el molino de agua que recogía el cauce del río que atravesaba la villa se detuvo en seco. Las truchas se apiñaron en ambas márgenes del arroyo quitándose las unas a las otras el poco oxígeno que salían a respirar abriendo la boca por encima de la superficie. Algunos perros se refugiaron donde encontraron hueco libre, con el rabo entre las patas, y otros, como poseídos de un espíritu maléfico se encelaron súbitamente buscando perras y hasta gatas con las que poder aparearse en un impulso antinatural que rompía toda norma instintiva marcada por el equilibrio habitual de su raza.
A los gritos de “es el demonio, es el demonio”, el extraño visitante se dirigió a la plaza mayor del pueblo donde se agolpaba una muchedumbre insólita, aterrada ante tales acontecimientos. Vestido de una enorme capa carmesí, desplegada al viento como las velas de un barco pirata, se colocó en medio de aquella masa humana que le hizo sitio esperando obtener de él alguna respuesta que diera consuelo y solución a la angustia que les embargaba el corazón.
En su mano derecha llevaba asido el caduceo, rematado en la empuñadora por una bola plateada, de la que se bifurcaban dos cabezas de serpiente con la boca abierta y mirándose de frente, mientras sus largos cuerpos se enrollaban, entrelazándose entre sí, en forma de “S”, hasta la punta del cayado. El pueblo lo observaba boquiabierto sin poder dar razón alguna a lo que sus ojos contemplaban. Súbitamente, levantó los brazos hacia el cielo y apuntando con el caduceo hacia el sol oscurecido dijo a voz en grito algo que en ese momento no se comprendió y que más tarde, el cura, explicaría al resto de vecinos: “¡Epheta!”. Y al instante el cielo se abrió de nuevo y la luz volvió a lucir con su natural resplandor de un día cualquiera a los doce del mediodía.
—Epheta es una palabra aramea que quiere decir: ábrete, -empezó diciendo Sandeogracias en su sermón de la primera misa que celebró después de que el cielo se oscureciese como por arte del maligno.
Aquel domingo estaría marcado por la explicación espiritual que el párroco ofreció a todo el pueblo reunido, por primera vez en su vida en la iglesia. Hasta los que presumían de ser por linaje ateos, descreídos y comunistas, tuvieron que claudicar de sus ideologías por escuchar una explicación que pareció convencer a todo el mundo.
—El Evangelio de san Marcos dice lo siguiente, -empezó diciendo el párroco, al tiempo que tomaba entre sus manos bien cuidadas por no haber trabajado nunca, el libro sagrado que mostró a los fieles, parapetado con la barandilla de hierro forjado que sostenía su frágil cuerpo erguido desde el púlpito de piedra.
Con voz potente, revestida de una asombrosa solemnidad impostada, comenzó a leer el pasaje al que estaba haciendo alusión: “En aquel tiempo, le llevaron a Jesús un sordo tartamudo y le rogaron que le impusiera sus manos. Jesús lo llevó aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos, con su saliva le tocó la lengua, alzó los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “¡Epheta!”, que quiere decir “¡Ábrete!”. Inmediatamente se le abrieron los oídos y se le soltó la atadura de la lengua, de modo que hablaba correctamente. Les encargó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo ordenaba, más lo proclamaban. Y en el colmo de la admiración decían: “Todo lo ha hecho bien, hasta a los sordos hace oír y a los mudos hablar””.
Con aquella lectura y la posterior interpretación de Jacinto Sandeogracias, el pueblo entendió bien que todo había sido obra del demonio, y que aquel extraño visitante no era sino el heraldo de Dios que había venido a exorcizar a aquellas gentes para expulsarlo del pueblo.
Del misterioso caballero de la incógnita identidad, nunca más se supo. Nadie lo volvió a ver, como tampoco supieron de su marcha. Tras de sí quedaba un rastro de azufre que se perdía por los caminos que iban a dar a Villavieja. Entonces se creyó que el demonio había pasado realmente por allí y que el hombre de ojos negros y mirada punzante lo había sacado arrastras del pueblo, esparciendo un reguero siniestro que delataba su huída pavorosa. Ese fue el argumento que durante semanas Jacinto Sandeogracias estuvo utilizando para ilustrar sus sermones dominicales que, con un lleno absoluto, fueron seguidos en la iglesia por parte de todos los vecinos que, al llamamiento del alcalde, a través de un bando publicado por todas las paredes de las casas de la villa, no dudaron en acudir puntuales.
Cierto día, no mucho tiempo después de aquella consternación que seguía presente en la memoria de Villavieja de Alcaida, alguien dio la voz de alarma de que había visto a Ceniciento Zamarramala paseándose de la mano con Maruja Casamayor, ante la mirada atenta de unos vecinos que no podían dar crédito a aquella inesperada y repentina aparición. Efectivamente, Ceniciento había vuelto al pueblo, seis meses después de su entierro. Había venido a buscar al amor que jamás le había declarado anteriormente a la hija bastarda y repudiada por todos de Jacinto Sandeogracias, que corriendo un tupido velo se había olvidado de ella desde el mismo día en que nació por cesárea de su madre, la meretriz así conocida por las lenguas viperinas y envenenadas de Villavieja. Salvo el párroco del pueblo, nadie más sabía de la identidad de su hija, quien había crecido durante años al amparo de unas monjas instaladas en un pequeño monasterio de aire colonial del pueblo vecino. Fue el mismo Sandeogracias quien, después de su alumbramiento y tras la violenta lapidación que puso fin a la vida de su madre, la llevó al cobijo de las religiosas, hasta su mayoría de edad. Pocas veces se la había visto por el pueblo, salvo en alguna fiesta con motivo de la celebración del santo patrón de Villavieja. Maruja vivía soltera y virgen en Bellaflor, la villa colindante donde estaba ubicado el cenobio en el que creció y fue educada hasta pocos años después de su pubertad. De su pasado oculto y bien escondido, por parte de Jacinto Sandeogracias, poco o nada se sabía en Villavieja. Es más, el desentendimiento voluntario y consentido de su padre, hizo que pronto se olvidara de ella, de tal forma y manera que le hubiera resultado imposible reconocerla después de tantos años de ausencia. Sandeogracias sólo tenía un ridículo contacto con la priora del monasterio, a través del diácono permanente de Bellaflor, quien en su nombre le transmitía un ridículo peculio cada tres meses para ayudar a la manutención de su hija natural y así comprar el silencio de las monjas.
Maruja Casamayor era la viva imagen de su difunta madre, una mujer envidiada y perseguida por hombres y mujeres que estuvo locamente enamorada de Jacinto, desde que éste llegó destinado a Villavieja por orden de obediencia de monseñor Matamoros, el obispo ya emérito de la diócesis, que supo confiar en él desde el mismo día de su ordenación sacerdotal. En aquella época, Sandeogracias era un hombre joven, apuesto, de piel morena aceitunada y con una peculiar sensibilidad capaz de encandilar a cualquier mujer que se cruzara con él. En seguida se creó una formidable clientela de mujeres penitentes que hacían cola por verse a solas con él en confesión. Algunas de ellas, como Mariana Casamayor, la madre de Maruja, acudía dos veces e incluso tres por semana para expiar sus pecados. Era natural que dos almas tan bellas, abriéndose su corazón en profundidad y secreta intimidad, terminasen por caer en las garras de la concupiscencia más lasciva e irresistible que nunca hubiesen soñado. Sin embargo, el miedo a perder su cargo de párroco y la posible excomunión por el pecado cometido le llevó a Jacinto Sandeogracias a querer echar marcha atrás cuando el mal ya estaba hecho.
El día que Mariana le descubrió, de rodillas en el reclinatorio de su confesionario y delante de una iglesia llena de feligreses a la espera del comienzo del santo rosario, que estaba preñada de él, creyó que el cielo se le caía sobre su cabeza. Enseguida, Sandeogracias comenzó a urdir una trama con la que poder desasirse de aquella soga que como un condenado parecía sujetarle el cuello para asfixiarlo de muerte. El problema fundamental residía en que a Sandeogracias no sólo le gustaba Mariana, muchas otras doncellas y algunas casadas, también estaban siendo presa de sus encantos masculinos, que como un lobo disfrazado de cordero, escondía debajo de su negra e impoluta sotana de tergal. Había que evitar que el rumor se propagase y mucho menos llegase a oíos del prelado que tanta confianza había puesto en él. Así que, mucho antes de que las lenguas ponzoñosas de Villavieja comenzaran a descuartizarlo vivo porque Mariana su hubiera atrevido a divulgar su desgracia, éste se armó de valor y acusándola de tentadora y pecaminosa la escarneció públicamente, adelantándose así a su inculpación en el caso. Como era natural, las demás mujeres que tanto o más tenían que callar por la secreta relación que seguían manteniendo con él a escondidas, no hicieron sino alimentar con testimonios increíbles la argumentación del párroco. Vejado y humillado por aquel zarpazo del demonio, Sandeogracias obtuvo el perdón y exculpación pública por el pecado cometido por aquella mujer ligerita de cascos que vino a entrometerse entre los faldones de su sotana.
El final de Mariana ya lo narré al principio. Después de dar a luz, su hija le fue arrebatada por el párroco que, en el nombre de Dios, ejerció sobre ella una subida autoridad para entregarla al monasterio de las monjas de Bellaflor. El Viernes Santo de aquel año, después de la lectura del Via Crucis, y cuando Mariana se hubo repuesto de la cuarentena obligada por la dificultad del parto, el pueblo la sacó a las afueras del mismo y allí, al igual que en el evangelio de san Juan, la lapidaron viva hasta que la sangre dejó de derramarse por su cuerpo. Esta vez nadie intervino para cuestionar la actitud de todos aquellos que llevaban piedras en las manos. Nadie preguntó quién estaba libre de pecado, la respuesta era demasiado evidente y no necesitaba impugnación, ni si quiera por parte de Jacinto Sandeogracias que, mientras ocurría el asesinato rezaba ante el Monumento donde Jesús—Caridad permanecía como ofrenda de amor y perdón por la humanidad.
Ceniciento Zamarramala se presentó de repente y sin previo aviso en Villavieja de Alcaida tras un silencioso retiro que lo mantuvo retirado de la vida de un pueblo que le ahogaba y no dejaba de meterse en sus asuntos. El día que se marchó, lo hizo de madrugada, mientras el pueblo dormía y no era consciente de su partida. Ceniciento pretendía no ser visto ni molestado por nadie. Quería que su huida fuese de lo más discreta posible, huyendo así de las miradas y comentarios insidiosos de sus convecinos. Con su salida a hurtadillas de Villavieja ponía un punto y aparte en su vida. Consideraba que ya habían pasado los ochos años de luto y de rigor después de la muerte de Soberbia Tiramillas, su primera mujer, que no pudo darle hijo alguno. Cansado de una vida en soledad, y sintiéndose todavía joven, algunas semanas las pasaba de retiro espiritual en el monasterio de las Madres Catalinas, donde conoció a Maruja Casamayor que allí se acogía y prestaba su atención en las temporadas de ayuno y penitencia en la que él iba en busca de paz y sosiego espiritual. Maruja, a medida que se fue haciendo mayor, fue asumiendo más responsabilidades en el convento, donde además de su trabajo como demandadera, recibía una buena educación por parte de las religiosas. La clausura papal que regía entre aquellas cuatro paredes infranqueables, facilitaba que Maruja tuviera carta blanca de entrada y salida para hacer los recados y compras necesarias para la cocina y el refectorio de la comunidad. Esa disposición facilitó el encuentro con Ceniciento que durante los tiempos de ejercicios espirituales tenía acceso directo, como único enlace visible fuera del torno, con el monasterio.
La hospedería en la que se alojaba Ceniciento estaba dividida en dos zonas: una parte con unas pocas celdas reservada para mujeres y otra con otras cuantas para varones. El contacto y mediación con la comunidad se realizaba a través de Maruja que servía la comida en una pequeña sala que a modo de refectorio, y separada por una verja del suelo hasta el techo, le facilitaba las frugales viandas que en tiempo de cuaresma se reducían a un potaje de garbanzos, habichuelas y lentejas con espinacas. Un locutorio común para el resto de las celdas de la hospedería permitía que los ejercitantes pudiesen encontrarse, con permiso de la priora, en conversación y guía espiritual. Fue precisamente allí, donde Ceniciento tuvo el primer encuentro carnal, sólo proyectado en su imaginación, porque contacto físico no hubo, con Maruja que fue a escucharle por requerimiento insistente por su parte ante la monja responsable de la comunidad. A partir de ese día, tanto Maruja como Ceniciento quedaron prendados el uno del otro.
El día que Maruja cumplía la mayoría de edad, convino con Ceniciento que abandonaría la Orden de las Catalinas para ir en su búsqueda. Los dos amantes se dieron cita a la salida de Bellaflor. Él había salido con su carro de madrugada, con el mismo sigilo que un ladrón irrumpe en la hacienda que pretende desvalijar, y a las afueras de Bellaflor estuvo esperando a Maruja hasta que esta, después de despedirse de las monjas, fue a encontrarse con él. Los dos huyeron lejos y la verdad es que nunca se supo dónde estuvieron refugiados hasta que de pronto, una mañana aparecieron por Villavieja, mostrándose en público en actitud cariñosa y romántica como ocurría en las películas de cine mudo que una vez por semana, los domingos, proyectaban en el salón del cinematógrafo que Custodio Perpetuo alquilaba todos los años y ponía a disposición de la vecindad para las largas noches de invierno.
La última imagen que se tenía de Ceniciento era la de una persona soterrada, sombría y triste. Siempre vestido de luto riguroso, sus canas níveas que sembraban de algodón su grácil y aterciopelada cabellera, eran las únicas marcas de luz que iluminaban su porte cabizbajo y meditabundo en el que quedó sumido después de la muerte de Soberbia Tiramillas. Sin embargo, ahora se le veía rejuvenecido, con la espalda erguida y un torso orgulloso de sí mismo, marcado por unos pectorales turgentes y musculosos que se adelantaban a su nuevo porte, equilibrado y elegante. El color de sus ropas había cambiado; ataviado con una camisa holgada de color claro y unos greguescos damasquinados de azul intenso que dejaban al aire unas medias blancas de lana fina inglesa y calzado en dos galochas que protegían sus babuchas bordadas a mano con hilo de plata fina, le daban un aspecto tan señorial a como fingida era la actitud de sus viejos amigos que fueron a recibirle halagando su nueva presencia. Con un sombrero de ala ancha en su mano izquierda, se paseaba con Maruja Casamayor que, cogida de su brazo derecho, lucía también con un aspecto de dama de corte francés, sus encantos femeninos que fueron la envidia de más de uno y de una: los hombres porque la desearon como a una hembra con la que aparearse y las mujeres porque su ennegrecida y laya decrepitud les obligaba a esconderse al paso de su nueva vecina. Corroídos por la envidia, su presencia insultante ante tanta mediocridad interior y exterior, resultaba dañina para un pueblo que no podía soportar que la nueva pareja se hubiera afincado en la antigua vivienda de Ceniciento.
Pronto comenzaron con los trabajos de reparación y adecentamiento del nuevo hogar de aquellos dos tortolitos que llegaron a Villavieja después de haber celebrado su matrimonio eclesiástico en la más absoluta intimidad, mientras, Villavieja seguía sin salir de su asombro, especulando noche y día por intentar encontrar una explicación a aquella “resurrección” a la que no conseguía darle crédito.
Maruja Casamayor se encargó de realizar el proyecto de ampliación y reforma de la vivienda. De los pueblos vecinos contrató a varias cuadrillas de obreros, albañiles, pintores, jardineros y carpinteros que en seguida se pusieron manos a la obra con el nuevo diseño que la hacienda requería. Fueron días de una agitada labor, pero el recién estrenado matrimonio supo poner su mejor sonrisa, implicándose en los más pequeños detalles para que todo estuviera, en el plazo de tiempo más corto, listo para ser inaugurado. Detrás de aquella farragosa labor se escondía un idea que los Zamarramala no quisieron que se supiera hasta el mismo día de su apertura al público. Maruja, apoyada en todo momento por su esposo, dispuso que la nueva casa reformada, además de acoger sus vidas, fuera un negocio del que ellos pudieran vivir, al tiempo que ofrecía un gran servicio a todo el pueblo. La idea les venía servida en bandeja. En los años que Maruja estuvo en el monasterio, aprendió todos los secretos ocultos de la repostería conventual. En Bellaflor, los dulces de las Catalinas tenían tanta fama que traspasaban las propias fronteras de la comarca. Pero, en realidad la fama de los dulces de Bellaflor no residía en su sabor o en su textura; aquellos dulces, que iban desde la tortas de anís, a las rosquillas de limón, pasando por los mantecados, las yemas de azúcar y los bombones de chocolate rellenos de una fina pasta de frutas, eran capaces de sanar el cólico miserere, el mal de ojo, la culebrilla, el empacho, el beriberi, el patatús en algunos casos, la anosognosia, la casmodia y el mal de amores. De todas partes venían las vecinas a comprar los dulces de las monjas que Maruja se ejercitó en confeccionar desde muy niña. El recetario de las religiosas era tan codiciado como el arcano más oculto al que el hombre jamás hubiera tenido acceso. De aquellos muros, nunca había salido una sola fórmula que incluso los médicos ansiaban tener al no hallar explicación científica a los efectos curativos y tan variados de aquellas exquisiteces. Maruja se conocía todas las recetas de memoria, los ingredientes, las medidas, los tiempos de cocción o de horno y la manera de maceración para el relleno de algunas fruslerías, con lo cual el secreto estaba a buen recaudo, salvo que ella quisiera desvelárselo a otra persona. Y efectivamente, aquel fue el pacto que Maruja hizo con las monjas, que la querían como a una hija. Antes de abandonar el monasterio parar irse con Ceniciento, Maruja, bajo solemne juramento, aceptó poder continuar con la fabricación de la repostería conventual con la condición de que jamás pusiera una sola receta por escrito, ni rebelara aquellos secretos a ninguna otra persona que no perteneciera a su familia. Con ese pacto, las monjas dieron el beneplácito para que allí donde estuviera, pudiese continuar con una tradición de siglos que nunca había traspasado, hasta ese momento, los muros de la clausura.
Ceniciento Zamarramala había cambiado tanto desde que desapareció de Villavieja, que ninguno de sus antiguos amigos alcanzaba a explicarse lo que le podía haber pasado, interior y exteriormente. Pronto empezó a correr el bulo de que su milagrosa conversión se debía al paso del caballero misterioso por el pueblo, tiempo atrás. La extraordinaria intervención suya haciendo volver la luz del sol de nuevo a su cenit, el día que el cielo se oscureció por completo de forma enigmática, era causa necesaria para la explicación de su nuevo y transformado comportamiento. Hubo quien pensó que su mutación se debía a un hechizo maléfico que escondía tras su nuevo aspecto poderes sobrenaturales. Aquella popular creencia empezó a extenderse más y más a partir del día que abrieron por fin la dulcería y sus clientes empezaron a comprobar, en propia carne, los poderes curativos de aquellas delicias horneadas.
Uno de los primeros en probarlas fue Custodio Perpetuo que, en representación de Villavieja y ejercitando su atribuida y bien reconocida autoridad de hecho y de derecho como alcalde del pueblo, tuvo el honor de cortar la banda de rojo escarlata para dejar el paso expedito a todo cliente curioso y ávido de glotonería que a partir de aquel día pudo acercarse a la tienda de los Zamarramala.
Los efectos de aquellos sorprendentes dulces tardaban algunos días en desatarse. Cierta constancia en la ingesta y una buena disposición a la hora de regalarse con esas delicias eran condiciones necesarias para experimentar los poderes curativos que pronto empezaron a atribuírseles. Tanto Ceniciento como Maruja callaron hasta empezar a ver las transformaciones físicas y anímicas de sus convecinos. Ciertamente que ellos no tenían intención de decir nada sobre las virtudes de sus dulces, es más si eran cuestionados sobre las propiedades de las fruslerías que vendían en su tienda, jamás hubieran reconocido saber algo acerca de ellas. El éxito de su pastelería debía llegar hasta límites de transformación radical de las actitudes de todo Villavieja. La astucia por ellos urdida debía alcanzar el corazón de cada habitante, sin que ni ellos mismos llegaran a percatarse de sus beneficios. Sin embargo, los efectos de sus lindezas reposteras no eran tan duraderos a como ellos mismos hubiesen deseado. Después de comerlos, y una vez que habían empezado a ejercer su influencia en cada cliente, la transformación no se prolongaba más de unos cuantos días, por lo que en seguida había que seguir ingiriéndolos, si la pretensión era la de darle mayor continuidad a la mutación originada.
En cuanto que unos y otros pudieron ir atando cabos hasta llegar al origen de su nuevo estado, los Zamarramala no lograron dar abasto, entregándose noche y día en el obrador para responder así a la masiva demanda de sus clientes.
En pocos meses, Villavieja de Alcaida se había convertido en un mundo nuevo. Las enemistades, odios y rencores desaparecieron. El alcalde dejó de comportarse tan apetitosamente hacia los varones con los que antes hubiera buscado un deleite excesivamente carnal. El médico del pueblo vio cómo sus diagnósticos y tratamientos de enfermedades de todo tipo empezaban a dar unos resultados milagrosos, hasta que pronto sus servicios se hicieron innecesarios. Las lenguas de doble filo enmudecieron, dando paso a unos curiosos halagos que de empalagosos y corteses se hicieron hasta ridículos. Y así, nadie quedaba libre de una metamorfosis interior y exterior que, con el tiempo, empezó a hacerse insípida, bonachona y monjil. Aquella apatía de comportamiento comenzó a hacer estragos entre todos. Ya no había razón para la crítica, ni para la envidia, ni para los litigios. Jacinto Sandeogracias dejó de predicar sobre el infierno y el purgatorio, con lo cual sus feligreses le perdieron el miedo a Dios y a la religión y de ahí a dejar de asistir a misa fue todo uno. A Custodio Perpetuo se le dejó de cuestionar en sus bandos y decisiones como cabeza visible del pueblo. La gente lo admiraba y quería, y todo lo que hacía era muy bien acogido.
Pero el invierno llegó de nuevo. Aquel año cayó una nevada extrema a como nunca con anterioridad se había conocido en toda la región. Los caminos estuvieron cortados durante semanas, y los alimentos de los que se aprovisionaba Villavieja dejaron de entrar para su distribución y consumo. Solamente lo poco que quedaba almacenado en los graneros, y lo que el autoabastecimiento producía en carne y leche permitió que el pueblo sobreviviese hasta el deshielo que trajo la retrasada primavera de entonces.
Uno de los que sufrió aquella malograda escasez alimenticia, debida al corte de caminos, fue Ceniciento que tuvo que cerrar todo el invierno la pastelería por falta de azúcar, harina y cacao para sus dulces. A medida que los días transcurrían, los efectos de sus dulces empezaron a desvirtuarse. Lo primero que se empezó a cuestionar fueron las decisiones del alcalde. Nadie estuvo de acuerdo con la forma y manera que tuvo de gestionar aquella mala crisis de escasez. En seguida las lenguas viperinas volvieron a las suyas, criticando y despotricando a diestra y siniestra sobre la vida y probidad de las mujeres de Villavieja. La envidia volvió a apoderarse de aquellas gentes que veía cómo unos tenían más que otros para comer y no compartían lo poco que conseguían rescatar de sus campos yermos y helados. La irritabilidad, el rencor y las antiguas rencillas heredadas de padres a hijos por generaciones volvieron a salir a la luz.
Una noche, arrebatados por la necesidad y la inquina acumulada en sus corazones, un grupo de hombres se dirigió hacia la casa de Ceniciento y Maruja. Aprovechando la poca luz de una noche cerrada y cuando todo el pueblo dormía, prendieron fuego a la hacienda y a la tienda con el matrimonio en su interior. Aquel horrible crimen fue descubierto al día siguiente y explicado como un accidente fortuito por unas brasas mal apagadas del brasero estaba debajo de la mesa camilla. La tristeza y la rabia se desplegaron en las conciencias de todos los vecinos. Sus esperanzas quedaron desvanecidas al percatarse que por mucha primavera que llegase, adelantándose a las más negras de las previsiones meteorológicas que auguraban un dilatadísimo retraso, nunca más volverían a probar las delicias de los Zamarramala y por lo tanto sus males volverían a aflorar en sus vidas.
Aquel fue el detonante necesario para que una guerra encubierta se declarara en busca de los responsables del incendio y de que muchos quisieran cobrarse la deuda histórica que todavía conservaban con algunas de las familias de Villavieja. Aquello fue de una hostilidad beligerante que clamaba al cielo. Sin mediar en mayor razón que la venganza descarnada, Villavieja se fue matando. No hubo manera de parar la sed de sangre que lujuriosamente fue corriendo por las calles del pueblo. Ni la autoridad civil, ni la eclesiástica, ni ninguna de otro orden establecido, ni por Dios, ni por el hombre pudo detener el crimen desorganizado que cada día se cobraba una o más vidas de los vecinos de la villa.
En pocas semanas, Villavieja de Alcaida fue aniquilada en su totalidad. La última superviviente, Ricarda Mantillos, atrincherada en su posada para foráneos y viajeros, vio cómo su pueblo se iba muriendo por días. Cuando se vio sola no tuvo más opción que quitarse la vida. Con las sábanas de la cama en la que estuvo alojado el hombre del caduceo, Ricarda entrelazó una maroma que anudó a su cuello. Atando la otra punta a una de las patas de la cama de hierro forjado y colchón de borlas de lana de oveja recién ahuecado, se tiró por la ventana, permaneciendo su cuerpo congelado y a la intemperie durante semanas. En el escritorio de la habitación dejó una nota manuscrita que al llegar la primavera fue descubierta por el juez de paz que se hizo cargo de la investigación de aquella salvaje matanza. Doblada en un sobre de papel blanco ahuesado y con letra temblorosa, la nota decía:
“¡Aquí está la sabiduría!
Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia;
pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666”.
Apocalipsis 13, 18.

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