La colina amarilla de Antonio Zamora

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La colina amarilla
Antonio Zamora
Hipálage, 2010

27 sep 2010
Voz del que clama en el desierto

Jesús Cotta (http://criticoestado.blogspot.com/)

Ya había reseñado yo aquí un libro suyo titulado La venganza de Evaristo Cubista , un libro breve que contaba una historia tan terrible y tan bien contada, que sólo le eché en cara la ausencia de un lenguaje más apasionado: con todo lo que le pasaba al prota, pegaba soltar al menos alguna palabrota, perder a veces los nervios, dar un puñetazo en la mesa.

Pero con esta segunda obra el autor se ha superado. El lenguaje de Arcadio Talavera , que es quien narra toda la historia, es el de un poeta in pectore , en lo oscuro, pero con muchos cojones, con mucho deseo de amor, confinado en las sombras de una guerra inútil, larga, que es toda desierto y sangre.

No recuerdo ahora mismo ninguna novela que trate nuestra triste guerra de Marruecos , que es un episodio que la gente olvida o que no interesa, pero donde se derramó mucha sangre joven que había nacido para sembrar campos y amar mujeres, y no para empapar la arena de unas tierras que nunca nos trajeron nada bueno.

Sin patrioterismo, pero sin antipatriotismo, sin pacifismo, pero sin belicismo, sin sentimentalismos, pero con el corazón, el protagonista nos muestra su universo desde dos planos: el de la guerra en tierra extraña y el de los recuerdos en tierra propia. En el primero encontramos un hombre, que había nacido para el amor, el hogar y la libertad de los hombres buenos y sencillos, pero que se ve arrojado a la matanza, la servidumbre y el odio de una guerra donde lo peor del hombre triunfa porque, si no, moriría el hombre entero y él lo sabe y se deja arrastrar, pero no le gusta. En el segundo encontramos al joven apasionado que no soporta la chulería del señorito, el servilismo de su padre, y que conoce el amor que lo puede rescatar de sí mismo, aunque su pasión y su orgullo lo malogren y le hagan expiar sus culpas.

Estos dos planos, que se alternan durante toda la novela, son igualmente interesantes, son dos espejos que reflejan a dos hombres distintos que son el mismo en diferentes circunstancias. En otras novelas donde los planos también se alternan, suele ocurrir que uno está más conseguido que otro, pero en esta novela la voz rotunda y sin componendas del protagonista les presta a ambos mucho interés. Y me parece que esta novela podría haber ganado perfectamente un premio. Desde luego, si yo fuera uno del jurado, se lo daría.

Nunca he visto tan claro como en esta novela que, cuanto más sórdido y cruel es lo que nos rodea, más patente y desesperada es nuestra vocación de amor y salvación.

Vale la pena oír la voz de un hombre desnuda en el desierto del Rif , que desgrana recuerdos para no convertirse en un monstruo ni olvidar que fue nuestro abuelo cuando era novio y soldado, lejos del amor y de la patria.

No sólo la Guerra Civil nos explica. También está esa guerra que nadie quiere recordar.
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Intervención del autor en la presentación de su novela

La colina amarilla

24 de septiembre de 2010

No quisiera empezar mi intervención sin el obligado capítulo de agradecimientos que lleva implícito la publicación de cualquier trabajo, porque aunque la obra en cuestión lleva siempre la firma de su autor, es justo reconocer que en todo proceso creativo intervienen de una manera directa o indirecta un mayor o menor número de personas que la hacen posible.

Así pues, quiero agradecer a mis familiares y amigos su apoyo.

A José Miguel Desuárez que haya confiado en otro de mis trabajos a pesar de ser el género bélico, como él mismo ha expresado esta noche, un género que se había propuesto desestimar en su proyecto editorial.

A Manolo Sánchez por elaborar y expresar aquí su magnífico discurso, un discurso compuesto de contundencias y sutilezas que sólo las puede conjugar alguien de su talento y con un gran conocimiento del tema.

Al Ayuntamiento de Los Corrales por la publicidad del evento y por dejarme presentar otra de mis obras en este marco incomparable.

Al actual Alcalde en Funciones, Juan Manuel Heredia, que se haya tomado la molestia de conducir esta mesa.

A los amigos de otros pueblos que han cogido el coche y la carretera para venir a acompañarme en este acto tan importante para mí.

Y por supuesto, a todos ustedes por su presencia, sin la cual nada de lo que está aconteciendo esta noche tendría sentido.

Muchísimas gracias.

Los que estuvieron el año pasado en la presentación de mi primera novela La venganza de Evaristo Cubista , saben que soy de la opinión de que un autor no debe hablar mucho de su obra, para eso están los demás miembros de la mesa y posteriormente los críticos y los lectores, la opinión de estos últimos sin duda es la más importante de todas.

Por eso dedicaré mi turno a contaros muy escuetamente cómo he llegado a gestar una idea tan alejada en el tiempo, no olvidemos que esta novela está ambientada en una época pasada, la España de 1921, y en otro país, Marruecos, y que es muy distinta a la que presenté en octubre del año pasado, que, como muchos de ustedes saben, está ambientada en Sevilla y en la época actual.

A principios de 2004, leyendo una novela de la escritora y periodista Rosa Montero, una novela titulada La hija del caníbal , en uno de sus capítulos me encontré con un texto de apenas dos páginas que hablaba de la cobardía de buena parte de los oficiales del Ejército de África en el llamado Desastre de Annual , y que fueron algunos de aquéllos que salvaron la vida abandonando a su suerte a sus hombres corriendo como liebres en dirección a Melilla, los que quince años más tarde fueron acción y parte en aquel otro macro desastre para este bendito país que todos conocemos como La Guerra Civil Española .

Cómo comprenderán, el texto empezó a interesarme desde la primera frase. Lo que me contó aquel par de páginas me resultó tan nuevo y a la vez tan descabellado que al principio lo tomé como una más de las ficciones que encierran siempre las novelas. Pero después empecé a atar cabos y recordé que a principios del siglo XX, poco después de perder las colonias de ultramar (Cuba, Filipinas y Puerto Rico), España, o sería mejor decir el rey de entonces y su corte de privilegiados, alumbraron la feliz idea de ocupar el norte de Marruecos, con eso seguirían manteniendo la ilusión de seguir siendo una potencia (cosa que ya lo había dejado de ser dos siglos antes) y de paso exprimir las minas de la región del Rif. Todo esto, claro está, con el permiso de Francia e Inglaterra, verdaderas potencias de entonces, que consintieron que España se interpusiera entre sus intereses en África para evitar entre ellos conflictos de vecindad.

Por supuesto, los promotores de esta idea no fueron tan descarados y en lugar de ocupación o colonialismo lo llamaron Protectorado , y les vendieron a la población civil que iban a civilizar las tribus o cabilas del país vecino para llevarlas, de la época remota donde vivían, al emergente siglo XX.

Para eso se sirvieron, en lugar de un tropa profesional, como los franceses con su famosa Legión Extranjera, de un ejército de campesinos reclutado en los pueblos de toda la geografía española, tan lejos de parecerse a los legendarios y temidos Tercios de Flandes del siglo XVII, compuestos aquellos de mercenarios, delincuentes y gente sin futuro, que Europa se puso las manos en la cabeza al ver tamaño despropósito, una recluta obligatoria arrancada de los arados, de los pesqueros o de las minas que no sabía qué era un fusil y, ni mucho menos, cómo usarlo, y que, para colmo, no tenía nada en contra de los moros que vivían más allá del Estrecho de Gibraltar.

Y así les fue tanto a nobles como a plebeyos, peor desde luego a los últimos.

Pese al tiempo invertido para gestar y escribir esta novela, unos tres años, y superado aquel primer asombro que me produjo el hecho, aún al pensarlo me sigue indignando lo sucedido a los soldados españoles en julio y agosto de 1921 en tierras africanas. Me sigue indignando que, a pesar de lo que nos ha enseñado la historia, sigan siendo los mismos los que perezcan en las puñeteras guerras, que sigan siendo los que menos culpa tienen los que paguen el pato que cocinan y se comen otros.

Es esa una de las razones por la que me decidiera a enfrentarme a las dificultades que entraña escribir una novela fuera de mi época y ponerme en el pellejo de nuestros abuelos, de aquellos a los que mandaron a la fuerza a África a civilizar a tiros a los rifeños, aquellos que después de jugarse la vida o dejársela en tierra extranjera, fueron olvidados por la Patria y por su rey por no desvelar a la opinión pública que fueron las cúpulas militares y políticas las verdaderas artífices del desastre.

Y digo dificultades cuando me refiero a escribir una historia de esta índole, porque dificultosa fue cuanto menos la búsqueda de información. Fuera de las crónicas de los libros de historia, crónicas la mayoría de las veces partidistas, no hallaba nada que describiera concretamente lo sucedido en la zona de Melilla del Protectorado Español en Marruecos. Intuía que aquellos textos, llamémosles oficiales, ocultaban más que aclaraban. Y, paradójicamente, tuve que echar mano de las pocas novelas escritas sobre el acontecimiento para saber que fue uno de los hechos históricos más vergonzosos de la dilatada historia de este país, un descomunal descalabro donde murieron de diez a doce mil españoles masacrados, degollados y torturados por prácticamente la totalidad de la población del Rif en poco más de tres semanas.

De esas novelas que cito destacan básicamente tres: Imán, de Ramón J. Sender, que fue soldado en Marruecos en 1923; La forja de un rebelde, de Arturo Barea, sargento de Ingenieros que le toco limpiar de cadáveres de soldados y colonos españoles las inmediaciones de Melilla en los días posteriores al desastre, donde casi pierde la vida a causa del tifus; y El blocao, de José Díaz Fernández, igualmente soldado en África por aquella época, que estuvo más de tres meses encerrado en uno de aquellos fortines de madera de 6×4 metros, techados con una chapa acanalada que llamaban blocaos.

También cabe mencionar las novelas más actuales de Lorenzo Silva: El nombre de los nuestros y Carta blanca, galardonada esta última con el Premio Primavera de novela de Espasa Calpe, de las que he bebido con la misma intensidad que de las primeras.

Pero fue en el recientemente desclasificado Expediente Picasso donde se encerraba la mayor y más fidedigna información sobre lo ocurrido en el Desastre de Annual. Un informe que había estado silenciado fuera de los cauces militares, elaborado por el general Juan Picasso inmediatamente después de ocurrir el Desastre, cientos de páginas con las declaraciones de los supervivientes de julio y agosto de 1921, donde salieron a relucir decenas de historias protagonizadas por la anteriormente mencionada cobardía de muchos oficiales y, cómo no, por las heroicidades de otros.

El Desastre de Annual también tuvo unos héroes que es lícito mencionar y reconocer. Entre ellos destacan el comandante Julio Benítez, héroe indiscutible junto a sus hombres en la resistencia de Igueriben; el teniente coronel Fernando Primo de Ribera, del regimiento de Cazadores de Alcántara nº 14, por dirigir la carga de caballería para proteger la retirada de la maltrecha columna hacia Drius; el comandante Juan Velázquez, del regimiento nº 59 de Melilla, muerto en la defensa de la posición de Sidi Dris; y muchos otros, oficiales, clases y, sobre todo, soldados, que supieron estar siempre al frente de sus hombres o junto a sus compañeros y morir con ellos.

Con los textos de los libros de historia, las novelas sobre el hecho y el mencionado expediente Picasso, pude hacerme una idea bastante aproximada de cómo fue la vida de un soldado español en los años veinte, cómo fueron los paisajes y lugares africanos que lo albergaron durante varios años y qué fue lo que propició la desbandada de un anémico y desarmado ejército hacia Melilla mientras era masacrado desde las alturas por la harca rifeña; igualmente, pude hacerme una idea de lo que era la vida en general alrededor de una guerra desde el principio maldita, como en definitiva lo acaban siendo todas las guerras que manchan reiteradamente la trayectoria de los hombres.

Pero no quiero confundirles haciéndoles creer que La colina amarilla es un libro de historia. Esta novela que les presento esta noche es cierto que puede clasificarse como novela histórica, pues es bastante fiel a la información dada por verdadera tras los años transcurridos desde aquel acontecimiento. Sin embargo, a mí me gusta pensar que es una novela de personajes, ya que la totalidad de los que aparecen en ella son ficticios, aunque pudieron ser verdaderos ya que provenían de los mismos lugares, dedicaban su tiempo a las mismas ocupaciones y tuvieron la misma suerte que sus homólogos reales.

También me gusta pensar que La colina amarilla no es una novela de guerra que sólo trata de explicar lo que pasó en aquel rincón de África, sino una historia que tiene como fin la búsqueda desesperada del sentido de la vida y la vocación de profundizar en la condición humana, esa condición que nos hace capaces de las mejores y de las peores cosas. Para ello me he servido de unos personajes límites, asomados a la última frontera de lo tolerable, que arrastran una carga emocional tan pesada que apenas les queda fuerzas para otra cosa que no sea auténticamente verdadera como el amor, el odio, la traición o el compañerismo.

Tampoco quiero ocultarles que en algunos pasajes, La colina amarilla es una novela cruda como la realidad que representa. No hay maquillajes ni eufemismos, ni soslaya acontecimientos por incómodos, duros o injustos que sean. Su dureza es visual y emocional por partes iguales. Y la angustia existencial de sus protagonistas campea a sus anchas por muchas de sus páginas.

Siempre he pensado que los personajes más literarios, los que hablan más y mejor de la condición humana, son los que habitan el fondo de los peores pozos morales. Los que conocen mi obra saben que me interesan mucho las almas que nada tienen que perder, las que no temen a la verdad, las que caminan a cara descubierta y se dejan llevar por el instinto y los sentimientos con mayor docilidad que aquellas otras que, para disfrutar de una vida cómoda y un futuro resuelto y sin sobresaltos, se sirven de máscaras y mentiras.

Sabía cómo debían ser de auténticos los protagonistas. Ahora necesitaba un infierno donde pudiesen moverse con todo lo bueno y lo malo que encierra su humanidad, un árido escenario desde el que sólo cabía imaginar un horizonte de esperanza, un escenario que encontré por casualidad en la Guerra de África aquel día leyendo a Rosa Montero. Imposible hallar un lugar mejor para una historia de amor y de guerra si nos abstraemos de que, desgraciadamente, ese escenario verdadero fue el testigo mudo y tal vez conmocionado de una terrible realidad que no debemos olvidar.

Y nada más, sólo me queda desearles que esta novela les emocione al leerla en la misma medida que a mí me ha emocionado escribirla, y, de alguna forma, les remueva el interés general por la lectura. De nuevo les reitero mi agradecimiento por su presencia.

Muchísimas gracias.

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