
Cada hoja de este incipiente árbol ha de saber dar por sí sola calor suficiente, ha de saber transformarse en luz literaria y vital que aparte del camino del espíritu los guijarros, el falaz amago visual de las pantallas y la miopía analítica, que intentan extinguir hasta el último hálito el ensueño de los hombres.
Como un frágil unicornio, unido en acérrimo abrazo a las musas seductoras, aguardamos esperanzados que la llegada del cazador sea torpe y dilatoria, que para entonces, el terreno yermo y herido, se haya convertido ya en un lugar preciado y esperanzador.
Plantemos innumerables árboles, aunque sean de efímero papel, aunque solo quede frente a nosotros un desierto de suave y blanda arena que amenaza con sepultarnos sutilmente en ella.
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